Entrevista a Ricardo Piglia

Por Jordi Corominas

Recibí El camino de Ida tres semanas antes de confirmar que me encontraría por segunda vez con Ricardo Piglia. Mi método de lectura  para las entrevistas consiste en apurar el tiempo, casi como si las charlas fueran una misión. Me dan la fecha, la apunto en mi agenda mental y leo el libro apurándolo hasta poco antes del diálogo para conservar mejor su contenido. En este caso la espera fue tensa. Deseaba devorar la última novela del autor argentino y comprobar que Emilio Renzi seguía en plena forma, como siempre.

Me puse con la novela, la devoré y en el tren camino de Barcelona repasé todas las cajas que ocultan sus páginas, donde los diversos niveles de lectura se convierten en un reto más que estimulante para el lector, detective dentro y fuera de una investigación ambientada en la década de los noventa del siglo XX que, sin embargo, muestra problemáticas más propias de nuestra época, como si ese final de centuria preludiara todos nuestros males.

Llego al lugar de la cita, abro la puerta y a lo lejos diviso a Ricardo Piglia enfrascado en una intensa pero calma conversación con Miqui Otero. Me siento a esperar, escucho lo que dicen y luego, como favor por el tiempo transcurrido le pido al autor de Hilo musical que nos saque una foto para ilustrar el reportaje. Nos despedimos con la promesa de quedar pronto, saco mis bártulos y, finalmente, enciendo la grabadora.

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Jordi Corominas i Julián: Empecé a leer la novela y sentí que estaba dentro al pensar que habías generado al lector la sensación de ser un detective, algo que también incide en la banalización contemporánea de las personas, tipificadas hasta la caricatura.

Ricardo Piglia: Desde luego el detective sería un ejemplo de alguien que siempre mira al otro como más interesante y más peligroso de lo que es. Eso le mejora la mirada, porque no puede sintetizar a la persona con un rasgo, que es lo que ahora circula en la cultura, las personas se definen por un matiz. También es verdad que Renzi está en un mundo muy enigmático, y hasta que se adapta tiene la mirada de alguien que está atento.

Sí está atento, pero el lector husmea y no se fía de lo que nos cuenta Renzi, porque ve que ese orden muy marcado, seguramente por la estructura del campus, oculta un caos muy fuerte.

Desde luego, y puede decirse de cualquier relato que parezca demasiado estabilizado, es normal sospechar que se trastocara por un motivo u otro. En El camino de Ida hay varios signos, como la misteriosa llamada o ciertos golpes con el lenguaje. Cuando empecé la novela tenía claras un par de cosas: que Renzi estaría asombrado, con una mirada excesiva sobre los hechos por su condición de extranjero, y que tendría una relación con la muchacha, con Ida, metáfora de la ilusión de escapar de ese mundo.

La idea del extranjero se nota hasta en las clases que da sobre William Hudson, sobre todo en la metáfora de los anteojos. El aborigen se los pone y de este modo pasa a adquirir totalmente la condición de colonizado por quien se los da.

Renzi también está colonizado, esa era la idea, bien visto. Lucha contra esquemas y me interesaba este juego múltiple donde también interviene el lenguaje. Muchas de las cosas que están ahí salen en mi diario. He encontrado ese momento donde uno fija una experiencia mientras sucede como elementos interesantes para poner en una novela, algo que ni siquiera se ha elaborado, que simplemente está ahí. Todas estas cuestiones eran las que me interesaban y le daban imaginariamente el tono que quería para el libro, con Renzi medio perdido en el campus.

Y esa sensación de ir perdido se produce porque todo lo que tiene le es dado.

Sí, es verdad. Aterriza en la casa del otro, tiene un auto que no es suyo y funciona como alguien que parece el hombre invisible.

Está de paso, en un extraño tránsito. Él asume que la situación no es en absoluto estable.

Tampoco sabe qué hacer. Tenía más o menos la intención de buscar cómo se construía esa situación, sabía de la relación con Ida y que iba a morir. Esos eran los puntos claros. Avanzada la novela apareció lo de Unabomber, pero en los primeros capítulos pensé en un crimen en el interior del campus, y luego nació otra posibilidad.

Durante los primeros capítulos el lector cree que todo lo que ocurre en el campus es trascendente, hasta la relación de los tres estudiantes que siempre van con él y tienen, así se menciona, un triángulo más que amoroso.

En algún momento pensé en ese juego con los estudiantes que se convertían en asesinos, pero los libros se escriben con la metáfora del mapa, como si conocieras la primera ciudad y luego avanzaras poco a poco. A medida que progresaba la narración y surgían mundos apareció la idea de la violencia y así localicé el camino del personaje.

No tenías una carretera marcada.

No. La novela gira sobre la relación posible entre Ida y Thomas Munk y si ella estaba implicada en actos terroristas.

Algo que desvelas casi al final.

Claro. El viaje de Renzi para conversar con el convicto me pareció el punto hacia el cual iba el libro.

Y todos los viajes que emprende Renzi son para encontrarse a sí mismo, el último es un coast to coast.

Va hacia ese punto pero no encuentra respuestas. Son cuestiones de lo que uno imagina que tendría que ser una novela: plantea problemas y no los resuelve.

Y en algún momento se menciona que las buenas novelas siempre terminan mal.

La idea que las cosas se cierran de un modo perfecto es una ilusión. Siempre quedan incógnitas. Me parece importante que una novela ponga al lector en la decisión en torno a lo que sucede en la narración.

Es lo que hablábamos al principio. El lector participa y como detective debe intentar comprender el porqué cuando abre una caja aparece otra y así sucesivamente.

En mis libros siempre hay alguien que investiga algo, y en este caso concreto las pesquisas estaban conectadas con algo personal, Renzi se implica en la investigación y en un sentido tenía relación con el  impacto que le había producido la cultura norteamericana, y de ahí se llega a una violencia que no había previsto.

A lo largo de la novela se remarca mucho la alienación…

Un poco.

Y el dualismo de la cultura norteamericana.

Son cosas que surgen y que también son modos de discutir cuestiones que están en el debate general, no sólo en Estados Unidos.

Sí, pero enfocas el debate en los años noventa, justo después de la Guerra Fría, cuando estos temas de discusión no estaban tan presentes.

Empezaban a surgir tras un momento de ilusión donde pareció que todo se iba a calmar. Para mí era importante que el 2001 y las torres gemelas no formaran parte de la cronología del libro.

Son esos finales de siglo que si los analizas en perspectiva comprendes que nadie podía pronosticar el futuro.

Sí, todo el mundo cavilaba. ¿Te acuerdas? Todos haciendo pronósticos.

Estados Unidos ganó la Guerra Fría y se hablaba del Imperio único y del fin de la Historia.

Parecía que todo funcionara al unísono.

En la novela mencionas y fundes la victoria norteamericana con su máximo enemigo cuando hablas que los estadounidenses si se miran al espejo pueden ver la Unión Soviética.

¡En muchos aspectos! La sociedad de vigilancia y la idea de psiquiatrizar a quien políticamente toma decisiones que no son comprensibles para los mecanismos del sistema.

En la Unión Soviética quien disentía estaba condenado por locura.

Sí, por eso en parte puse un personaje que aparece desde el principio. En Princeton me hice muy amigo de una mujer mayor rusa que en El camino de Ida es la vecina Nina. Quería que mi amiga apareciera en un libro y en este caso hizo entrar la problemática rusa como trasfondo y la idea de Tolstoi, importante porque tanto él como Hudson fueron pioneros en tomar decisiones sobre el mundo industrial y se quejaron del mismo: preparan la plataforma para la aparición de Munk porque anticipan sus ideas, como por otra parte también hizo Thoreau.

Mientras se produce esta crítica surge una mezcla, porque la universidad puede recordar por su estructura a un claustro medieval, un reducto que es un punto de control.

Sí, está todo muy ordenado y las vidas están regladas. La otra cosa que tenía presente era la cuestión de las vidas posibles, las series que uno vive, como decías tú hace un momento con Miqui (ndlr: Otero) desde la dualidad de la profesión y la amistad, campos donde se producen conversaciones distintas en función del contexto. Esta combinación de posibles es más interesante cuando las dos facetas, porque así lo intentan las personas, no se tocan entre sí, algo que ocurre sobre todo en lugares y profesiones cerradas.

Es un tema muy actual porque la vida pública es una y luego intentamos proteger nuestra parcela privada.

Y de ahí nació la idea de la clandestinidad erótica y la clandestinidad política.

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Y el limbo es el hotel.

Esos hoteles increíbles donde parece que nunca haya nadie.

Como hoteles de aeropuerto.

Sí, lugares rarísimos. En Nueva Jersey son frecuentes, supongo que serán para convenciones, citas y crímenes.

Y ni en esos no lugares hay escapatoria, porque en un momento Renzi está solo en el hotel y le ofrecen una carta de chicas para tener sexo.

Eso demuestra lo que decía, son sitios para sexo o para crímenes. También están dispuestos espacialmente del mismo modo para que la gente si se levanta de noche sepa dónde está el baño. Los que están habituados a estos establecimientos saben que el pasillo lleva al baño y tienen memorizados todos los recovecos del lugar.

Y esto podemos relacionarlo con la acción de Thomas Munk y la matemática de la arquitectura.

Entiende lo que ocurre en los lugares porque las corporaciones construyen del mismo modo las cosas.

Y se repiten las puertas, las ventanas y los ascensores en todo el país. La homologación.

El intento de espacializar y homogeneizar las experiencias.

La rutina de falsa igualdad.

Todo el mundo hace lo mismo en formas distintas y repite situaciones y hechos.

Por eso surgen necesidades de aislamiento como la de Ida o Munk.

Es verdad eso, no lo había pensado. Es muy intrigante la idea de la gente que se retira. El otro día leí la historia de un soldado japonés que se escondió veinte años en una isla porque pensaba que la guerra no había terminado.

Aquí en España se dieron casos que duraron décadas después de la Guerra Civil.

Algo me contaron. Son como Robinsones, organizan un inimaginable universo de vida cotidiana.

Curiosamente al principio de la novela Renzi encuentra que su casa del campus tiene comida como para sobrevivir a un holocausto nuclear, resistirlo por acumulación de alimento.

Sí, es curioso, es una pista más.

Que luego confluye en Munk. Es legítimo compararlo con los anarquistas del siglo XIX, porque adopta tácticas basadas en la propaganda por el hecho.

La comparación es válida, cito al ácrata Piotr Kropotkin y su idea de la individualidad como un sujeto múltiple. Mucha gente vuelve a leer esos textos como alternativas. Lo más interesante que tienen los anarquistas es que tratan que su vida sea como la sociedad que imaginan.

Munk es un heredero contemporáneo.

Sí, tiene algo de lo que tenían esos anarcos. En Argentina hay una historia increíble. Simón Radowitzky, un anarquista ucraniano, vino a la Argentina a matar al jefe de policía que había masacrado a unos obreros en el sur. Fue a una pensión, le dieron apoyo, pero trató de no conectar para no implicar a otros, cumplió su misión y pasó treinta años en una prisión y luego volvió a Europa.

En la Semana Trágica de Barcelona en julio de 1909 condenaron a cinco personas que no estaban implicadas directamente en los hechos porque no sabían a quien arrestar.

La individualidad múltiple bien representada porque no se pudo identificar a los verdaderos activistas por la acción de otras personas.

Exacto, no podían identificar a personas en concreto. Munk actúa solo, pero sus actos están enfocados para el bienestar del colectivo.

Está claro que tiene una idea de la presencia de los matemáticos y los científicos en la organización de la construcción básica del sistema. Hasta en el caso de Unabomber no se sabe hasta qué punto estaba solo. Resulta intrigante que pudiera liberarse del control del FBI, y al final cae porque el hermano lo delata.

¿Por qué te fijaste tanto en Unabomber?

La motivación para escribir una novela es tratar de entender a alguien que está haciendo algo ajeno a mi experiencia y a la de los lectores. Me ocurrió con Plata quemada, y en este caso el desafío, como siempre, era la tentación de ver si era posible trabajar con personajes con experiencias más allá de las normales, de la cotidianidad manida que tanto usa cierta literatura. Aquí también busqué entender porque alguien actuaba así. Por otra parte el personaje tenía dos aspectos que me interesaron mucho.

¿Cuáles?

Que leyera The secret agent de Joseph Conrad, actuándola, y que lo delatara su hermano, algo muy dostoievskiano.

Y el poder ante amenazas invisibles nada puede hacer, el resorte que produce el fallo es fraternal.

El FBI se gastó mucho dinero en encontrarlo y empleó una barbaridad de personas en encontrarlo. Era algo muy novelístico y encima el aparato de control no funcionaba.

Y se enmarca en unas coordenadas que se repiten a lo largo de los siglos, desde el Nuevo Testamento y antes.

Y con Snowden ocurrió lo mismo, porque lo delató un amigo hacker.

Lo enmarcas en los años noventa pero los temas tratados se corresponden con las problemáticas actuales.

En ese período histórico estaba todo implícito, las cosas no surgen de la nada.

También expones muy claramente un sistema de redes que no es Internet, está insertado en la realidad.

Sí, desde el campus que tiene una especie de estructura similar a la red hasta por los mecanismos de control propios del gran hermano donde se conecta todo.

En algún momento, y es una intuición de Munk, aparece una reflexión donde se expone que la gente más cultivada también puede ser la más peligrosa.

Has leído bien la novela, es una de las migajas de pan que dejo por su camino. La Universidad también implica, aunque hay gente extraordinaria, el riesgo de aislar la cultura. También tiene que ver con la formación de los matemáticos y los físicos, a los que aíslan de la experiencia, como si se les protegiera para que no se distraigan y carezcan de pasiones, algo que también se aplica en el campo de las ciencias sociales.

De hecho en la novela se menciona que los matemáticos son creativos hasta los 25 años.

Sí. Hay un deseo de perpetuar esto porque así ni crecen ni se enamoran.

Y así leen a Wittgenstein y el Finnegans Wake de Joyce.

Son como ex boxeadores. No producen nada nuevo a partir de cierta edad y sólo pueden enseñar algo. Después de ese tiempo de productividad tan intenso se alimentan con alta literatura.  Se abren a la cultura y a la discusión.

Su productividad es muy interesante para nuestro tiempo, porque se preguntan cuestiones de lenguaje, que es matemática y por desgracia se manipula.

Sí, y sin duda el tema del lenguaje es fundamental junto al de la violencia, donde podríamos incluir también la cuestión de la normalización del lenguaje.

Y llegas a lo políticamente correcto.

Que es la base sobre la que se construye ese mundo que por abajo está lleno de controles y violencia bien visible.

Que no escandaliza a nadie porque se asume.

Así es.

La violencia se muestra muy sutilmente, sin excesos.

Intenté no sobrecargar la novela de aquellas cosas que el lector debía terminar de construir.

¿Qué pasará con Renzi?

Pensé que al final su amigo lo esperaba con una botella de cerveza, pero después la saqué. Ya veremos. No se sabe.


Ha publicado dos novelas en catalán (“Una dona que sap jugar amb els peus” y “Colors”, editadas por Abadía Editors), una biografía histórica en italiano (“Macrina la Madre”, 2005) y el poemario “Paseos simultáneos” (Ed. Vitrubio, 2010). En 2009 coeditó la antología “Matar en Barcelona” (Alpha Decay). En 2011 publicó “Loopoesía(s)” (Descrito Ediciones) y el cuento “John Wayne” (Sigueleyendo). Es integrante y fundador del proyecto poético-experimental Loopoesia. Como crítico coedita www.panfletocalidoscopio.com, y colabora en varios medios, entre los que destaca RNE. En 2012 ha publicado los poemarios “El gladiador silenciado” (Versos&Reversos), “Oceanografías” (Vitruvio) y la novela “José García” (Barataria). En 2013 ha publicado su poemario Los lotófagos (Versos&Reversos). Web del autor: http://corominasijulian.blogspot.com/.

Nacido en 1941 en Buenos Aires, es uno de los novelistas en lengua castellana más innovadores de nuestros tiempos. Ha escrito, entre otras, las novelas Plata quemada, Respiración artificial, Blanco nocturno y la recién publicada El camino de ida. También ha publicado libros de relatos y ensayos. Ha ganado numerosos premios, entre otros el Rómulo Gallegos y el Casa de las Américas. 

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