El caso Tulayev

Por Viviana Paletta

El caso Tuláyev. Victor Serge. Prólogo de Susan Sontag. Traducción de David Huerta. Capitán Swing, Madrid. 2013. 392 páginas, 18,5 €.

El 1 de diciembre de 1934 Serguei M. Kirov, jefe bolchevique en Leningrado y favorito de Stalin, fue asesinado por un exfuncionario del partido, Leonid V. Nikólaiev, en una acción individual. Muchos sospecharon que el propio Stalin estaba detrás del crimen, pero ello no ha podido ser demostrado. No obstante, fue motivo de que por decreto ordenara agilizar la investigación de los delitos de terrorismo y que las sentencias a muerte que derivaran de aquella se llevaran a cabo «inmediatamente». El autor de los disparos y otras trece personas fueron juzgados los días 28 y 29 de diciembre del mismo año, condenados a muerte y fusilados una hora después del veredicto [el caso se reabrió en la era Kruschev –quien no tenía dudas sobre la responsabilidad de Stalin– y todos los acusados excepto Nikoláiev fueron finalmente «rehabilitados» en 1990]. Asimismo, una de las principales consecuencias de este hecho fueron los procesos de Moscú: una marea de arrestos, conocida en los presidios como «la ola Kirov», provocó el ajusticiamiento de varias decenas de personas así como llevó a la cárcel y a la deportación a miles de ciudadanos de Moscú y Leningrado. De esta manera lo registraba Victor Serge en sus Memorias: «El pistoletazo de Nikoláiev abrió una era de pánico y ferocidad. Ciento catorce ejecuciones respondieron de inmediato a aquel pistoletazo, luego la ejecución de Nikoláiev y de sus amigos, catorce jóvenes en total, luego el arresto y el encarcelamiento de toda la antigua tendencia Zinoviev-Kaméniev, muy cerca de tres mil personas, según mis reconstrucciones, luego la deportación en masa de varias decenas de millares de habitantes de Leningrado y, simultáneamente, centenares de arrestos en la deportación; y el inicio en las cárceles mismas de nuevos procesos secretos». Y no obstante, para él, se trataba «casi con seguridad del acto individual de un joven comunista exasperado».

Este caso persiguió el resto de su vida a Victor Serge y fue el germen de esta novela excepcional que nos ocupa, El caso Tuláyev.

Serge, que había nacido en Bruselas en 1890, cuyos padres tuvieron que huir de los zares, militó desde la juventud, primero en las filas del movimiento obrero belga y luego en las del anarquismo francés. Posteriormente recaló en la Barcelona en llamas de 1917 –allí se hizo amigo de Nin, Ascaso y Durruti entre otros–. Al estallar la Revolución de Octubre se traslada de inmediato a Rusia para sumarse a ella. Allí asume puestos de responsabilidad, llega a ser miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo de la Comuna del Norte y realiza distintas tareas como periodista y traductor. Sin embargo, bien pronto su inalienable espíritu crítico lo hace objeto del silenciamiento y la difamación, y pasa a integrar la gran masa de encarcelados y deportados. El caso Kirov lo alcanza a Serge en su confinamiento de Orenburgo (en los Urales del sur, cerca de Kazajistán), donde permaneció desde 1933 hasta ser expulsado de la URSS en abril de 1936.

Un año antes, en junio de 1935, se celebró en París un Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, que tenía como fin último «suscitar un movimiento pro estalinista en la intelligentsia francesa y comprar algunas conciencias renombradas». Pero allí también asistieron los simpatizantes con la causa del perseguido Serge y exigieron la palabra. A su consulta sobre su confinamiento a 1.500 km de Moscú, la delegación soviética respondió «sin pestañear que lo ignoraban todo del escritor Victor Serge […] y que no conocían sino a un “ciudadano soviético, contrarrevolucionario confeso, que había participado en la conjuración cuyo resultado era el asesinato de Kirov”».

Cinco años después, Serge recreará este caso en Le Affaire Tuláyev (cuyo título inicial era La Terre commence à trembler…), que formaría parte de su ciclo de novelas testimoniales, en este caso para documentar el Gran Terror. La escribirá en su largo periplo de exiliado, ya lejos de la URSS, primero entre París y Marsella, luego rumbo a la Martinica, donde la continuaría en la cárcel, para retomarla en Santo Domingo, posteriormente también en una prisión de Cuba y por último en México, donde la culmina en 1942.

El caso Tuláyev es una obra maestra de la literatura, que se erige a partir de la recreación de un crimen «impensado»: un joven obrero, Kostia, ajeno a los círculos del poder mata casi por casualidad a un gerifalte soviético; este acto pone en marcha una vorágine de delaciones, acusaciones, enjuiciamientos, sentencias y muertes, respondiendo a una maquinación kafkiana y brumosa: «La máquina –dijo Filatov– debe funcionar irreprochablemente. Que aplaste a los que se atraviesan en el camino es inhumano, pero esa es la ley universal. El obrero debe conocer las entrañas de la máquina. […] Las máquinas están llenas de tinieblas; nosotros no sabemos nunca qué pasa. No me gustan las sentencias secretas, las ejecuciones en los sótanos, la mecánica de los complots».

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Cada capítulo de la novela se centra en un sospechoso particular y su destino oscuro de insidia y condena: desde laureados oficiales del Ejército Rojo, altos cargos del gobierno, políticos de menor relevancia, profesores, diplomáticos, bolcheviques militantes, simpatizantes, a funcionarios serviles de nueva hornada; deleznables o íntegros, son seres que terminarán confinados, silenciados, deportados en Siberia, condenados a muerte intentando comprender qué papel les tocó interpretar, acaso inocentes pero asumiendo perversamente culpas que consideran que beneficiarán a una moribunda revolución, que se los traga, que lleva a todos al matadero: «Después de nosotros, si desaparecemos sin haber tenido el tiempo de cumplir nuestra tarea o simplemente de rendir testimonio, la conciencia obrera se oscurecerá completamente por un tiempo que nadie podrá medir… Un hombre termina por concentrar en él mismo una cierta claridad única, una cierta experiencia irreemplazable. Han hecho falta generaciones, sacrificios y fracasos sin cuento, movimientos de masa, vastos acontecimientos, accidentes infinitamente delicados de un destino personal para formarlo en veinte años, y helo aquí a merced de la bala disparada por un bruto. […] nadie puede ver desde el interior lo que había, aquello por lo cual esos hombres han vivido, lo que ha hecho su fuerza y su grandeza; se volverán indescifrables y cuando desaparezcan el mundo habrá caído por debajo de ellos…».

Este tejido tan bien imbricado de personajes y circunstancias deviene en un fresco vivaz y nítido; la prosa incisiva y delicada de Serge ilumina en profundidad la psicología de cada sujeto dentro de un esquema mayor, colectivo, que los supera y los arrastra, y que solo algunos llegan a vislumbrar. Ese era su objetivo como narrador. Para plasmar la dialéctica entre el personaje y la sociedad vio necesario alejarse de la novela tradicional; así lo definía él mismo refiriéndose a la que publicó en 1930, Los hombres en la cárcel: «No hay héroes de novela en esta novela […]. No se trata de “mí”, tampoco de algunos, sino de los hombres, de todos los hombres atropellados en esta esquina negra de la sociedad. Me parece, de hecho, que este tiempo necesita de una literatura que descubra por fin a las masas, la relación del individuo con sus semejantes, y que no plantee ya los conflictos del destino individual más que con arreglo al destino de todos».

Así también daba expresión a su poética en sus Memorias: «Quienes llevan en sí un mensaje lo expresan al hacer estas cosas y su aportación tiene su valor humano. Los otros abastecen el mercado del libro… Yo concebía, concibo todavía lo escrito como necesitado de una justificación más fuerte, como un medio de expresar para los hombres lo que la mayoría vive sin saber expresarlo, como un medio de comunión, como un testimonio sobre la vasta vida que huye a través de nosotros y de la que debemos intentar fijar los aspectos esenciales para aquellos que vendrán después […]. Las existencias individuales no me interesaban –empezando por la mía– sino en función de la gran vida colectiva de la que no somos sino parcelas más o menos dotadas de conciencia. La forma de la novela clásica me pareció, pues, pobre y superada. Gravita alrededor de algunos seres separados del mundo».

A su propia obra se le pueden aplicar las palabras jubilosas con que Serge recibió la publicación de El año desnudo, de Boris Pilniak, en 1923: «La revolución, al destruir todas las instituciones sociales anteriores, no dejó de lado tampoco las muy convencionales instituciones literarias. En este escritor ruso está ausente el relato sucesivo. No hay “intriga” (¡cosa insignificante, palabra insignificante!). No hay héroes principales. Las multitudes en movimiento, donde cada persona es todo un mundo, un individuo cuyo objetivo es él mismo; los acontecimientos se suceden, se entremezclan, se compenetran mutuamente […] el resultado: dinamismo, simultaneidad, realismo absoluto y franco, ritmo único de los detalles y del todo».

Revolucionario, autodidacta, lector voraz de los clásicos rusos y franceses, de los grandes pensadores como Marx y Freud, admirador de Joyce, de Gramsci, de Dos Passos y de Pilniak, Victor Serge escribe en francés la gran novela rusa de la revolución y su deriva. Lamentablemente, como afirma el estudioso Richard Greeman, multitud de críticos, centrándose tan solo en la biografía del autor, desestimaron la gran valía de su obra literaria, y no alcanzaron a vislumbrar que era y es «un artista de la palabra».

Victor Serge tuvo una extraordinaria capacidad de clarividencia para sumergirse en la vida y en la historia, y el talento poético para expresarla en todos los ámbitos. Como afirmaba en Literatura y revolución vivió y escribió «[con los ojos] abiertos, bien abiertos, prodigiosamente abiertos ante el vasto universo, como los ojos de un Rimbaud».

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Sobre Viviana Paletta:

Poeta y editora. Ha publicado El patrimonio del aire (2003) y Las naciones hechizadas (2010). Está incluida en Estruendomudo (2003) y Los poetas interiores. Una muestra de la nueva poesía argentina (2005). Sus relatos aparecieron en Di algo para romper este silencio. Homenaje a Raymond Carver (2005); Antología de seres de la noche (2006); El arca. Bestiario y ficciones de treintaiún narradores hispanoamericanos (2007) y en Por favor, sea breve 2 (2009). En 2010 hizo la edición de los Cuentos completos de Rodolfo Walsh y en 2013 ha prologado de Agustina Roca, El escenario, XI Premio Internacional de Poesía «León Felipe».

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