El diablo cojuelo de los artistas

Por Miguel Ángel Serrano

Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas. Mason Currey. Turner. Madrid. 2014. 264 páginas, 19,90 €

No diremos que este libro alumbra territorios desconocidos del ensayo sobre el alma de los artistas: el lector conocerá obras totémicas como la de Wittkower (Nacidos bajo el signo de Saturno) que sin duda le dirán más sobre la pulsión del arte y las galerías que, como de comején, horadan el alma de los malditos con ella. Mason Currey aborda un tema que no por conocido deja de sorprender a veces. Tal vez por la leyenda de la bohemia y esa vena que atraviesa la historia del arte y la cruza con la locura del artista. Ese cliché cultural se ha hecho demasiado grande y la excentricidad parece haberse convertido en la marca inevitable del artista: conduciría inevitablemente al desorden cotidiano, al exceso y la disipación. Pero eso es incompatible con la obra sólida, el análisis, la estrategia de, por ejemplo, una novela. El mito romántico ha hecho bien poco por los artistas. Preferimos pensar en Lord Byron o en Malcolm Lowry como iconos del escritor atormentado, en Miguel Ángel como el artista total capaz de enfrentarse al poder por defender su obra; que en el trabajo oscuro y gris de Kafka, sin ir más lejos, o el aburrido destino de oficinista de tantos y tantos escritores como T. S. Eliot.

Currey, en el prólogo, avisa de que el propósito de su libro no es el análisis del producto sino el de la rutina. Esa declaración delimita el aliento de la obra, pues, en efecto, no vierte excesivas opiniones, y es casi una fría reseña de la vida cotidiana. Informes de vida que podría firmar un espía (resulta inevitable pensar en la película Las vidas de los otros, de FlorianHenckel) y que muchas veces emanan de las propias descripciones de los artistas. Como el diablo cojuelo de Vélez de Guevara,Currey desnuda el día de los retratados: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz…

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Ese afán casi chismoso hace que el libro sea divertido a ratos: me quedo con la anécdota de Patricia Higsmith, gran amante de los caracoles como mascotas (“me transmiten una especie de calma”) y que, al trasladarse a Francia, donde estaba prohibido entrar con caracoles vivos, llevó sus muchos animales ocultos bajo el vestido en múltiples viajes. Una imagen extrañamente perturbadora.

No obstante, algunas rutinas parecen tomar un protagonismo singular. Los excesos, en primer lugar, se dan en muchos artistas, pero bien contrapesados por rutinas obsesivas y de puntualidad exacerbada. El descanso, programado y necesario. La vida familiar supeditada. La enorme autoconciencia del artista y de la devoción por la obra en primer lugar. Pero, si hubiera de elegirse algo común, sería el trabajo agotador: para artistas como Kafka, que odia su obra, o Flaubert, que la tiene en gran estima, el agotamiento nervioso parece estar siempre a la vuelta de la esquina. Proust muere trabajando, dictando sus últimas líneas.

El volumen, por tanto, ofrece un abundante esbozo de manías, orden, elevación y cotidianeidad. Nacido de un blog, dailyroutines.com (en el que el autor categoriza algunos de los hábitos antes mencionados) el libro es un tanto caótico, pero se puede leer en entresaca (y de hecho recomendaría hacerlo así) para ver cómo los artistas luchan con sus demonios. Señalaremos, por último, que el volumen se podría haber beneficiado de una poda: poner a Darwin, Jung o Kant, por ejemplo, en la nómina de los artistas es cuando menos arriesgado y lo mismo podríamos decir del sesgo estadounidense de la selección, que lleva a incluir a artistas menores. Con todo y con eso, una entretenida lectura que además desmitifica la imagen romántica de la vida del artista.

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Sobre Miguel Ángel Serrano:

Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1.965) es novelista, ensayista, poeta y crítico. Obtuvo el Premio José María de Pereda de Novela Corta del Gobierno de Cantabria con Tango, su primera novela, a la que le seguirían Jardín de Espinos y El Hombre de Bronce. Fue además finalista del Premio NH de Relatos con El Veneno del Profundo Pesar. Es también autor del ensayo histórico La Ciudad de las Bombas: Barcelona y los Años Trágicos del Movimiento Obrero y del libro de poemas Un presagio.

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