Elvira Navarro, la lógica de la ansiedad

Por Marina Sanmartín

El arte debe ser sucio, no se contempla la autenticidad sin mancharse las manos y los pies, sin adentrarse en el lodazal y resbalarse en la hierba mojada. Eso pienso mientras recorro con Elvira Navarro el mismo camino de tierra, entre la antigua cárcel de Carabanchel, convertida ahora en un solar inmenso, y el centro comercial Plaza de Aluche, por el que una noche cargada de irrealidad vuelven a casa Elisa y Susana, las protagonistas de La trabajadora, la novela que acaba de publicar con Random House tras cuatro años de mantenerse apartada del género.

El escenario, una mañana de enero típica del invierno. No ha parado de llover desde la noche anterior pero, aún así, hemos mantenido nuestra cita en Eugenia de Montijo, una de las últimas paradas de la línea verde de metro. Somos puntuales, nos encontramos cuando el reloj marca exactamente la una y el cielo se despeja con timidez, y lo primero que nos sorprende es que llevamos el mismo paraguas plegable de color violeta.

Las dos el mismo de entre todos los paraguas plegables de este mundo.

Es una buena señal, me digo; la confirmación absurda de que ha sido una idea inteligente huir de mi zona de confort, alejarme de la entrevista convencional, en algún café próximo a Santa Ana, para dejarnos caer por la madriguera del conejo blanco.

Bienvenidos al País de las Maravillas.

NOMBRAR LA CIUDAD

Dos de las tres novelas publicadas por Elvira Navarro, que todavía no ha cumplido los 36, llevan en el título la palabra ‘ciudad’: La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007) y La ciudad feliz (Mondadori, 2009); la tercera, La trabajadora, la lleva dentro y habla de un Madrid periférico, desapacible, que nadie ve; el Madrid obrero, con regusto a lienzo de Antonio López, de edificios altos, construidos con malos materiales, que en su momento germinaron en los márgenes de las carreteras como flores silvestres de color gris, sin orden ni concierto; rechazando toda relación cordial posible con la estética; el lugar donde Elvira tuvo que refugiarse cuando, poco después de terminar la carrera y mientras buscaba un trabajo para mantenerse a flote, vio reducidos los ingresos que le permitían vivir en el centro; una situación muy parecida a la de Elisa en La trabajadora, obligada a compartir piso con Susana en Aluche, en lo alto de una cuesta con un gran solar”, y a subsistir a duras penas corrigiendo manuscritos para un grupo editorial que la ningunea.

“El escenario es fundamental en mi literatura. Siempre he caminado mucho, me gusta, y mientras lo hago tengo la sensación de que mi cabeza va escribiendo lo que ve. Un día iba con mi novio de entonces en el autobús y supe que llegaría el momento de escribir sobre este barrio”.

No sería inmediato. Me cuenta que tiene la costumbre de dejar reposar unos años los acontecimientos para distanciarse de ellos y permitirles ganar en perspectiva, pero todo llega.

“En 2010 abrí el blog Periferia y al mismo tiempo empecé La trabajadora. En ella, por primera vez, nombro la ciudad”. Sus dos novelas anteriores, inspiradas en Valencia, no incluyen el nombre de ningún barrio, de ninguna calle… pero esta sí: “algunos los he inventado, pero la mayoría no, porque existen nombres alucinantes. Las páginas de La trabajadora están plagadas de paseos descriptivos que, sin embargo, no renuncian a la subjetividad de la protagonista. Elisa intenta perderse pero, paradójicamente, acaba encontrando el camino… al contrario que yo. A lo mejor por eso el Madrid que he pensado para esta historia es un laberinto que siempre terminamos superando”.

Antes de hacer un alto en la cafetería Guareña, un local de barrio donde, por ser sábado a mediodía, la clientela familiar se mezcla con los habituales de la barra, de botellín de cerveza y ausencia de cigarro, e improvisar una surreal sesión de fotos con las máquinas tragaperras como leitmotiv, visitamos el cementerio de Carabanchel Bajo y nos detenemos delante de la fachada prácticamente en ruinas de la ermita contigua. “Es del S.XIII, la más antigua de Madrid… pero muy poca gente sabe eso”.

Escuchándola, ya con un par de cañas flanqueando el iPad con el que grabo la entrevista, me digo que la sabiduría de Elvira Navarro, así como su experiencia de vida, que apenas atisbo a partir de los comentarios acerca de su adolescencia y primera adultez, es una sabiduría antiglamour, bastante exótica, a salvo de esa tendencia a regodearse en la obra propia y la ajena, a sólo hablar de escribir. Y eso me gusta, porque creo que la literatura actual habla demasiado de literatura, algo que no pasa en La trabajadora.

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“Escribir le da sentido a mis días, es una cuestión de supervivencia… si no lo hago no sé para qué coño vivo, es como un asidero. De hecho, en estos años sin novela, no tengo la sensación de haber parado en ningún momento, porque no he estado sólo con este libro. Siempre tengo en marcha varios proyectos a la vez. Soy muy lenta. No tengo prisa. Procuro escribir a diario… y he perdido el miedo a la mirada del experto. Al dedicarme a la crítica he aprendido a no ser tan extremista como cuando era más joven, por eso no me asustan las opiniones que pueda generar mi trabajo. Me he dado cuenta de que los juicios sobre las cosas siempre dependen de una manera de mirar y de leer que nunca es definitiva”.

Y no he escrito una novela sobre literatura.

Aunque Elisa trabaja en el mundo editorial y escribe, eso no es relevante; no importa tanto lo que hagas como que lo que hagas sea lo que te gusta”.

Le pregunto qué hay que hacer para ser escritora y recurre a su personaje.

“Hay que leer mucho y tener la necesidad de contar historias.

Elisa no tiene muy clara su vocación y sólo recurre a ella cuando está mal, la concibe como una salida a la frágil situación personal y profesional en la que se encuentra. Cuando la conocemos, prácticamente no existe y la escritura se convierte en su medio para manifestarse en el mundo, para afianzar su presencia y hacer algo por sí misma.

De todas formas, no quería hacer una novela de escritor. La novela no va de una escritora, sino de la precariedad laboral.

A veces es pertinente escribir sobre literatura y escritores y a veces simplemente se hace porque “da prestigio”. El problema es que, con demasiada frecuencia, la vara de medir la calidad de la propuesta se centra en ese tipo de literatura encantada de conocerse a sí misma, lo que además da lugar a productos bastante cursis. Algunos autores caen en el error de creer que, para llegar a ser como los clásicos americanos a los que admiran, deben bautizar a sus protagonistas con nombres anglosajones y bajo ningún concepto pueden escribir sobre Carabanchel. No se arriesgan, porque escriben imitando lo que leen”.

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LA LÓGICA DE LA ANSIEDAD

A Susana, el otro cincuenta por ciento de La trabajadora, le parece que el presente es la eternidad. Se medica, tiene 44 años, vive realquilada en el piso de Elisa y su máxima aspiración es exponer sus mapas extraños, compuestos con las miniaturas que recorta de las revistas y pega con cola sobre el papel, y que a mí me recuerdan a la suciedad urbanita de El mapa y el territorio, de Houellebecq, aunque Elvira , que como yo admira al francés, no lo incluirá cuando le pregunte por las influencias visibles en La trabajadora y me mencione a Orejudo, Gopegui y el libro de Ana Blandiana Proyectos del pasado, “lleno de paisajes raros, que parecen de un sueño”.

“¿Has tenido alguna vez ataques de ansiedad?”

Ahora es ella quien me pregunta. Le digo que no.

“La lógica de la ansiedad”, me explica, “es la lógica de esta época. Nos han enseñado a creer que aparte del presente no hay nada más… el presente es la eternidad, nos han enseñado a no pensar en las consecuencias, como cuando tienes un ataque de ansiedad, en el que el pánico te impide ver más allá del aquí y el ahora”.

Al volver a casa, ojeando La trabajadora releeré: “El estado ansioso es la cúspide de algún tipo de contradicción sobre la que se ha caminado largamente, contradicción que, al igual que un cáncer si no se extirpa a tiempo, arriba a su momento de metástasis y se extiende a todas las facetas de la vida, a todas las pequeñas decisiones, a la percepción y al aire”; e imaginaré esta afirmación fundiéndose con la desolación de las afueras; una profecía acertada que alguien hubiera pasado por alto. La ciudad como resultado.

Elvira Navarro es consciente de que tiene una novela entre las manos cuando el foco de lo que esta escribiendo empieza a difuminarse y se diluye en un montón de historias paralelas a las que es incapaz de renunciar.

Hay que seguir todos los caminos.

Y yo me alegro de, fugazmente, haber compartido el suyo.

Autora de La clave está en Turgueniev, recién publicada por Eutelequia, y del blog La fallera cósmica, convertido en libro por Baile del Sol. En breve publicará su segunda novela, titulada El amor que nos vuelve malvados. Es licenciada en periodismo y una narradora tan perspicaz como lírica, tan profunda como divertida.

Joven escritora, cuyas dos primeras novelas son La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007), por la que fue reconocida como Nuevo Talento FNAC y La Ciudad Feliz (Mondadori, 2009), que mereció el Premio Jaén. Ha aparecido en la antología Granta de nuevos narradores en lengua española. Acaba de publicar la novela La trabajadora (Random House Literatura, 2014).

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Sobre Marina Sanmartín:

Autora de La clave está en Turgueniev, recién publicada por Eutelequia, y del blog La fallera cósmica, convertido en libro por Baile del Sol. Es licenciada en periodismo y una narradora tan perspicaz como lírica, tan profunda como divertida.

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3 Comentarios

  1. EFRAIN VILLEGAS
    29/01/2014 at 20:49 · Reply

    Me pareció maravillosa la definición de ansiedad, con ello puede llegar a concluir que la necesidad de escribir es un ataque de pánico, del que solo puedes salir, siempre y cuando plasmes todo lo que ves. Me parece que vamos de regreso a una Edad Media la indigencia en todos los sentidos ya nos alcanzó. No nos hemos dado cuenta que ya estamos perdidos que debimos ir dejando frijoles a nuestro paso.

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