Entrevista con Llucía Ramis

Por Benito Garrido

Con su última novela, Todo lo que una tarde murió con las bicicletas (Libros del Asteroide, 2013), la escritora y periodista Llucía Ramis ha demostrado que es una experta en horadar la memoria, en revolver los recuerdos, y en recuperar los momentos que marcan una vida. Y lo hace de manera muy natural pero también estudiada, sin caer en la sensiblería o el abuso del lirismo que habitualmente suelen asociarse a una nostálgica mirada al pasado. A modo de crónica generacional, con una escritura siempre fresca y sincera, la autora ficciona la historia de una familia que a fuerza de parecer verdadera, podría pasar por propia, aunque no lo sea. Literatura vital que se vale del fino humor y la cercanía de los personajes para rescatar aquellos sentimientos, gestos y sensaciones, que sin buscarlo, el desdén del tiempo suele terminar arrumbando.

La narradora es una joven treintañera en plena crisis personal y profesional: se ha quedado en el paro, y aunque tiene una buena formación y un mejor bagaje laboral, para solventar la situación económica se ve obligada a volver a la casa de sus padres. Soltera, sin hijos, pero con una gran familia detrás, decide indagar en el pasado, en su propia historia familiar. Piensa que saber de dónde viene y cuales han sido sus ilusiones, retos y frustraciones, le permitirá abrir los ojos a la realidad y poder enfrentarla.

Comienzas con un poema de Gimferrer parejo al título de tu novela. ¿Por qué parece que la infancia siempre fuera en bicicleta? ¿Quizás porque siempre tienden a recordarse los buenos momentos?

Las bicicletas son para el verano azul y las películas de Spielberg. Eso de por sí ya nos lleva a la infancia. Pero además, todos recordamos cómo aprendimos a ir en bicicleta, y también, que nunca se nos olvidaría. Entonces tomábamos conciencia de que eso nos cambiaría la vida. Nos caímos por primera vez, volvimos a subirnos inmediatamente para no perderle el miedo, íbamos con nuestros amigos a la playa sin depender de los mayores para desplazarnos, y en mi caso, pasé muchas aventuras, sola con mi perra en el campo, creyéndome ser un personaje de Enid Blyton a punto de descubrir algún misterio. Entonces todo estaba aún por descubrir.

Novela que a modo de memorias ficcionadas recupera las más profundas relaciones familiares, esas que se establecen entre padres, hijos, nietos, tíos,… ¿a modo quizá de una pequeña sociedad que incluso tiene su propio lenguaje?

Cada comunidad comparte un código, y eso se ve especialmente en las familias, donde la abuela repite siempre las mismas anécdotas, el abuelo tiene sus manías, las discusiones son una forma de comunicación (y no tanto de confrontación o pelea), y hay algún que otro tema tabú que es mejor pasar por alto. Otros es mejor hablarlos abiertamente para quitarles gravedad. En el caso de mi familia, además, se mezclan tres lenguas: el castellano, el catalán y el francés, lo que da lugar a palabras que no aparecen en ningún diccionario, pero que tienen un sentido muy íntimo porque siempre las hemos utilizado. Nadie más sabe qué connotaciones tienen ni cuál es su significado profundo.

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 Aunque dejas claro que esta no es una autobiografía, te vales de tus vivencias, de tus recuerdos para levantar una historia generacional donde la vida y la búsqueda de una identidad propia se convierten en verdaderos protagonistas.

No escribo mi vida y por eso no es una autobiografía, pero sí recuerdo unos episodios determinados que me ayudan a construir la historia que quería contar: la de una persona que, ante la falta de futuro, indaga en su pasado familiar para entender cómo ha llegado hasta el punto en el que se encuentra. En las anteriores novelas, daba mi punto de vista sobre mi generación, hablaba de mis amigos. En ésta he intentado describir aquellos momentos que, aun sin parecer muy relevantes, reflejan cómo fue la educación de mis abuelos, padres y hermanos, cómo han cambiado las relaciones entre padres e hijos, y cómo se construye la identidad.

¡¿Se respira en tu novela un cierto aire feminista y femenino, un espacio donde las mujeres marcan las pautas?

Me lo han dicho a menudo, pero no me di cuenta ni mientras escribía el libro ni tampoco antes. Para mí, que hombres y mujeres estén al mismo nivel es lo normal. Que los hombres de mi familia se hayan desvivido por sus mujeres, madres, hermanas e hijas es lo normal. En el caso de la familia belga, una de mis bisabuelas iba siempre en pantalones cuando no estaba bien visto en una mujer, conducía un descapotable. La otra silbaba por la calle. Mi abuela, en Asturias, prefería hablar con los hombres, porque las mujeres le parecían aburridas, y ellas la rodeaban como si fueran un enjambre para arrastrarla al círculo que le correspondía. Mi abuela mallorquina es como una mamma siciliana, tiene 92 años, fuma tanto como habla, y siempre dice lo que piensa; si tu novio no le gusta, te lo dirá sin problemas. Pero no hay una conciencia feminista en todo esto. Para nosotros siempre ha sido lo normal. Yo misma no me di cuenta hasta que me lo comentaron al leer el libro.

Cuando indagas en el recuerdo evidencias el contraste de la familia belga con la mallorquina, entre el sentimiento español de posguerra y la modernidad europea.

Cuando mis abuelos belgas llegaron a España, a finales de los 50, llevaban una “vida de mentira”. Provenían de la burguesía, se codeaban con embajadores y diplomáticos, salían cada semana, celebraban cenas en su casa. Siempre estuvieron al margen de la realidad. Hasta tal punto que mi madre me contó que, el día del atentado contra Carrero Blanco, toda la familia salió a cenar a un restaurante de Madrid porque era el cumpleaños de uno de ellos, sin importarles que todo el país estuviera pendiente de lo que había pasado aquella mañana. Estaban solos en el restaurante, claro. Nada que ver con la familia mallorquina: el padre de mi abuela era militar y le llevaba la mochila a Franco, y mi padre aún recuerda las cartillas de racionamiento.

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La crisis del sistema es paralela a una frustración, la de la protagonista, que se termina convirtiendo a la fuerza en una frustración de los padres. ¿Crees que es la realidad que espera a nuestros hijos?

Tanto mis abuelos, más conservadores, como mis padres, voluntariamente progres, creían en sus ideales como quien cree en Dios: nunca se cuestionaron el sistema que defendían e intentaban perpetuar. Fueron creyentes y nosotros hemos sido crédulos. De repente descubrimos que hemos tenido una educación socialista en una economía liberal, y todo se derrumba. Su frustración es más fuerte que la de nuestra generación: éramos su gran proyecto y viviremos peor que ellos. Nosotros nos espabilaremos, pero nuestros padres quizá se pregunten qué hicieron mal, precisamente cuando se rebelaron contra las ideas conservadoras de sus propios padres. En cualquier caso, agradezco esos valores y su equivocación involuntaria. Prefiero haberme llevado un desengaño a que me hubieran educado desde el nihilismo. Creo que sería un error educar a nuestros hijos a partir del cinismo. Cuando descubres que los Reyes no existen, te llevas un chasco, te sientes ridículo, te han tomado el pelo durante años, tus propios padres, tus abuelos… Pero, ¿serías capaz de privarle de esa ilusión a tu propio hijo? Tenemos que aprender a caernos de la bicicleta y volver a subirnos enseguida; no podemos partir de la idea de que ir en bicicleta no vale la pena o es demasiado peligroso.

En el ámbito de las relaciones familiares, ¿cuál se te antoja más difícil: la relación con el padre, con la madre…?

La narradora tiene una relación bastante tormentosa con su padre. Discuten, ella le grita, da portazos al encerrarse en su habitación… Bueno, como casi todas las adolescentes un poco neuróticas, supongo. Pero por lo menos padre e hija han encontrado un código. La relación que ella tiene con su madre parece mucho más pacífica, y sin embargo es más tensa porque no acaban de comunicarse. La narradora la envidia porque tiene todo aquello a lo que ella aspira y ve que no va a conseguir: una familia ideal, un marido perfecto, un trabajo. Eso que le habían prometido y debe aceptar que tal vez no logre nunca. Quiere a su madre, no quiere tener malos sentimientos hacia ella, quiere gustarle, pero no siempre resulta fácil.

Ideologías, política y religión están presentes a lo largo de tu novela. ¿También esto puede llegar a heredarse de una generación a otra?

Si existe una comunicación familiar, sin duda. Lo que no quiere decir que todos estén de acuerdo. Desde que tengo uso de razón, mi abuela y mi padre han discutido sobre política; mi abuela no acababa de ser del PP, pero le parecía el menos malo de los partidos; mi padre cree que el PP es el diablo y durante muchos años fue incapaz de cuestionar al PSOE. Lo bueno de esta crisis es que hace años que ya no discuten: están de acuerdo en que son la misma basura. La política ha dejado de ser un tema de conversación porque la corrupción aburre y pone de mal humor.

¿Cómo ha sido la evolución de Llucia Ramis como escritora desde tu primer libro Cosas que te pasan en Barcelona?

En las dos primeras novelas daba mi punto de vista, pero no me implicaba demasiado. Me refugiaba en la ironía e intentaba hacer una crónica sobre la superficialidad de nuestra generación. En la primera novela, los treintañeros se beben los problemas porque es mejor que te duela la cabeza por culpa de la resaca que porque tengas que rompértela tomando una decisión. En Egosurfing pretendí hacer una novela frívola sobre la frivolidad: se valora más la fama que el reconocimiento; cuanto más mediático seas, mejor, tanto da lo bueno que seas en tu trabajo o los méritos que hayas hecho. Y eso, ¿adónde nos lleva? En Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, intento reflejar la realidad a través de la intimidad. Ya no hablo de los demás, sino de mí misma a través de la descripción de los demás.

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Has traducido tú misma este libro, del catalán. ¿Te ha resultado una operación difícil? ¿Consideras que la lengua es un factor inherente a la novela que determina su carácter?

Más que traducirlo, lo he reescrito. Soy bilingüe, pero no escribo igual en castellano que en catalán. En catalán utilizo más adjetivos y un lenguaje más poético, y eso en castellano habría sonado pomposo y cursi. No me ha costado hacerlo, pero agradezco las últimas revisiones de los editores para evitar que se me escapara alguna expresión incorrecta, o alguna frase con “acento”. Creo que el lenguaje es muy importante tanto en ésta como en todas las novelas. En este caso, también quería conservar mi voz.

¿Cómo ves el panorama literario y editorial actual? ¿Y el periodístico?

El panorama literario mucho mejor que el periodístico, creo que hay muy buenos escritores; el problema es que tal vez haya más escritores que lectores. Los medios, las redes sociales, internet nos están haciendo creer que el periodismo no es un trabajo, sino un hobby, que cualquiera puede hacerlo y no necesita cobrar porque con tener visibilidad basta. “¿Tú te das cuenta de la plataforma que te ofrecemos para que puedas darte a conocer?”, dicen. Se valora más la promoción que la calidad: cuantos más seguidores tengas en Twitter y más amigos en Facebook y cuanto más salgas en la tele, más repercusión tendrás. Quieren que los periodistas tengamos patrocinadores, y el patrocinador sólo se fijará en quienes ya son conocidos, no en quien está ejerciendo bien su profesión. Eso sin entrar en el tipo de objetividad que puede esperarse de una información patrocinada (hace años que está ocurriendo). Otros aseguran que aman tanto su profesión que la ejercen aunque no les paguen porque es necesaria; con lo cual, parece que los que quieren cobrar por su trabajo sean unos peseteros. Con la literatura supongo que pasa lo mismo, pero como es una pasión y no puedo ni quiero dejar de escribir, no me importa. Yo fui periodista para poder dedicarme a escribir. Ahora que tampoco puedo vivir del periodismo, tengo que buscarme un tercer trabajo y un cuarto y un quinto (traducciones, cursos, llevar la prensa de una editorial), y aún así no siempre está claro que llegue a fin de mes.

Agitador y periodista cultural, ha colaborado en diversos medios como Culturamas, Forbes, Selección Literaria o NumeroCero. También es analista editorial y economista. Aunque lo que de verdad le gusta es leer y pasear los días de lluvia.

nació en Palma de Mallorca (1977), estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona y trabaja como periodista en diversos medios. Ha publicado cuentos en varias antologías y es autora de las novelas Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys (2008) y Egosurfing (2010, Premio Josep Pla).

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Sobre Benito Garrido:

Agitador y periodista cultural, ha colaborado en diversos medios como Culturamas, Forbes, Selección Literaria o NumeroCero. También es analista editorial y economista. Aunque lo que de verdad le gusta es leer y pasear los días de lluvia.

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