La Revolución no tiene sentido del humor, tiene sentido de la muerte. La única Revolución que tiene sentido del humor es la industrial

Por Juan Soto Ivars

Entrevista a J.J. Armas Marcelo

 

Réquiem habanero por Fidel (Alfaguara) es la última novela de J.J. Armas Marcelo. Una tragicomedia, escrita en habla cubana, que tiene forma de confesión. El narrador es Walter Cepeda, un coronel jubilado de Seguridad del Estado que recibe, de boca de su hija exiliada, la noticia de que Fidel Castro ha muerto. Armas Marcelo conoce la Cuba a pie de calle y se declara tan enamorado del país como enemigo de la dictadura. Su novela es un réquiem, donde los viejos revolucionarios se preguntan si el esfuerzo, la lealtad, el exilio y la paciencia han tenido algún sentido. En las pesquisas de Cepeda para descubrir si Fidel ha muerto o no, el viejo se encuentra con etarras que viven felices en la Habana y con sus propios recuerdos de los tiempos gloriosos de la Revolución, plagados de episodios y personajes reales.

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Dígame una frase que resuma su visión sobre el momento cultural en España.

Ya no hay nada que hacer. Los escritores estamos en otro mundo y no nos hemos dado cuenta.

¿Nos ha pasado como a Walter Cepeda?

Eso es, se nos pasó el arroz sin darnos cuenta y ahora no tenemos otro arroz que comer que ese. Esta es la historia. Pero a mí, al margen de la vanidad que dan los lectores, lo que me preocupa cada vez más es saber escribir mejor, no disgustarme con lo que escribo.

¿Ha llevado mucho trabajo esta novela?

Esta novela estaba pensada de otra forma. Se llamaba El seguroso, que es un agente de la Seguridad del Estado de Cuba. Era una novela que siempre estaba ahí, escribía otras cosas, pero una noche me levanté, fui al baño y una voz interior me dijo: “se va a morir y no tienes la novela”. Pensé: “coño, efectivamente se va a morir Fidel Castro y no tengo la trilogía cerrada.”

¿Es una tragicomedia?

Lo es. Es la novela que más me ha divertido, escribirla ha sido una inmensa satisfacción.

¿Por qué?

Me gusta de una novela algo que puede no gustar a otra gente. Me gusta aquello que no cuenta, lo que está entre líneas. Mi narrador es un poco mentiroso y en la novela se cuentan muchas cosas sin contarlas. Habrá dos tipos de lectores: los que no conozcan Cuba y los que sí la conozcan por dentro. Los segundos verán muchas cosas que son verdad y que están sugeridas solamente.

Me parece muy interesante el tratamiento de los escritores y la ideología, que en Cuba ha sido y es tan esencial. Usted construye un personaje que fue ortodoxo en la ideología revolucionaria e hizo interrogatorios políticos a escritores reales. Su personaje, a Cabrera Infante, le llama hijo de puta y traidor. ¿Qué piensa de la ideología de los escritores? ¿Hay mayor halago que ser acusado de facha por unos y de rojo por otros?

Creo que no. Ahora, que se usa tanto el verbo configurar, yo creo que si te configuran por un lado de rojo y por el otro lado de facha estás dando en el clavo, porque unos y otros son medidores de mediocres que tú has elegido para descartar a gente. No te puede importar que la supuesta izquierda, sin reflexión ninguna, te llame facha sin conocer tu vida, y que la supuesta derecha te llame rojo sin conocer tampoco tu espíritu crítico. Así que estoy de acuerdo con Manuel Mejía Vallejo, el novelista colombiano, que cuando le preguntaron lo que era la fama contestó: fama es que te llamen hijo de puta sin conocerte. Y llaman facha o rojo a uno para llamarlo hijo de puta sin conocerlo.

Pero parece que, con la crisis económica, las ideologías vuelven a estar en boga. ¿Es peligroso para un escritor tener una postura ideológica muy definida?

Lo es, pero es mucho más difícil escribir y mantenerse al margen. Yo soy un socialdemócrata convencido a pesar de que me he vuelto agnóstico de toda esa vaina. Yo sigo creyendo en que el Estado es una solución de muchas cosas, aunque también se convierta en el problema de otras muchas cosas. Escoro a cierta izquierda pero nunca he encontrado mi partido.

Pero usted estuvo relacionado con el PSOE en los años setenta.

Eso iba a decirte, lo más cerca que estuve fue entonces, en el año 75. Caí en el descrédito de ellos y ellos en el mío hacia el año 84, desde que llegaron al poder y les vi la patita. Para no ser injusto te diré que para mí fueron algunos socialdemócratas los que organizaron este país un poquito mejor de lo que estaba, a pesar de los errores, que fueron muy grandes.

Desde su punto de vista, ¿dio Mario Vargas Llosa un paso en falso cuando se metió a ejercer la política?

Para nadie es un secreto mi criterio sobre la presentación en política de Vargas Llosa, creo que fue un error. Octavio Paz dijo cuando Mario perdió las elecciones: “me alegro por Vargas Llosa y lo siento por el Perú.” Yo también soy de esa opinión. Vargas Llosa es un intelectual provocador que interviene en la vida política de su país, de América Latina y del mundo entero con sus escritos, y creo que uno no debe involucrarse en la gestión directa de la política porque la política es una pasión exclusiva y excluyente, y la literatura también. El caso feliz de Vargas Llosa, que se rehabilitó con la escritura, llega hasta el Premio Nobel de Literatura.

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Es el último escritor del Boom que sigue vivo tras la muerte de García Márquez. ¿Enterrará Fidel a todos sus amigos y sus enemigos?

Por el camino que va, seguramente. Yo me adelanto a su muerte en mi novela, hubiera sido una ingenuidad esperar a su muerte para publicarla. Porque este tipo resiste y va enterrándonos a todos. Fidel es un ser extraño, muy fuerte, muy duro y muy cuidadoso de su propia existencia.

Walter Cepeda recibe la noticia de su muerte por teléfono, le llama su hija Isis, exiliada en España. Entonces empieza la aventura de la averiguación. Walter le atribuye a Fidel la inmortalidad. ¿Fidel podría ser inmortal?

Se está secando en vida. Una noche, Fidel va a estornudar y se va a quedar quieto en la cama para siempre. Y ese día se morirán una cantidad de viejos revolucionarios que respiran a través de él, morirá con él toda esa gerontocracia que maneja a la pobre isla de Cuba.

¿En Cuba hay comunismo?

Lo de la isla de Cuba tiene muy poco que ver con un comunismo serio, en el caso de que eso exista. En Cuba me carcajeaba cuando alguien me decía “nosotros somos comunistas.”

¿Fidel no es comunista?

No, Fidel no es comunista, es jesuita. Yo estuve estudiando con los jesuitas diez años y nada más pisar Cuba supe que la isla está manejada por dos jesuitas, los hermanos Castro, vestidos de militares, que se educaron además con los jesuitas. La gente no sabe esta historia. Fueron los jesuitas los que le dijeron a don Ángel Castro que debía cristianizar a sus dos hijos, Raúl y Fidel, que habían nacido fuera del matrimonio. El padre de Fidel era un terrateniente y Fidel era un niño bien. Dice que es comunista, pero sus modos y maneras son los de los jesuitas. “Esto es como yo digo que es, y tú te callas”. Como dure un poquito más, termina confesando dentro de la religión católica. El Viernes Santo lo ha permitido este año, después de prohibirlo medio siglo.

Antes mencionó el momento clave de la historia de España. En el 75 muere Franco y la multitud sale a llorar a la Plaza de Oriente. Poco después, la misma multitud celebra la democracia y la Constitución. ¿Pasará algo parecido en Cuba tras la muerte de Fidel?

Espero que cuando muera Fidel muera el Régimen y Cuba entre en una especie de civismo democrático. También espero que siga manteniendo alguno de los hipotéticos logros de la Revolución. Que siga manteniendo la educación y la sanidad.

Dos principios socialdemócratas.

No me los puedo quitar de encima. Si me lo quitara de encima sería el hombre más feliz del mundo, porque lo único que me queda de estabilidad política y ciudadana, además de pagar mis impuestos, es que sigo pensando que el Estado es el garante de esos derechos.

Pero Walter Cepeda teme que, tras la muerte de Fidel, la isla se convierta en un parque de atracciones para turistas.

Pero pasto de los turista ya es. En estos momentos los ingresos de Cuba son tres: turismo, remesas que envía el exilio de Miami y el petróleo venezolano. Toda esa invasión que teme Walter Cepeda, que es lo que temen los viejos revolucionarios, la han permitido ellos. No es la única invasión que han alentado los revolucionarios: los cubanos han invadido el estado de Florida. Los exiliados cubanos han levantado Florida en los Estados Unidos de América. Lo han convertido en el estado que produce más economía después de California.

¿Y Venezuela?

Venezuela es un viejo amor de Fidel Castro que no pudo consumarse hasta que llegó Chávez y Maduro. ¿Qué hacen los cubanos con el petróleo que manda Maduro? Lo revenden en el mercado capitalista. Se aprovechan de las leyes que quieren destruir para mantener un régimen que está prácticamente destruido. Lo cual no deja de ser una gran contradicción.

En estos tiempos hay quien dice, dentro de la izquierda europea, que es cierto que el régimen de Castro es inhumano. Sin embargo, acusan a los de Miami de horteras y de ultraliberales.

En este momento hay que ver las cosas desde un punto de vista un poquito más riguroso que ese. Miami es Cuba. El eurocentrismo ideológico es un verdadero desastre, no sabe lo que es Miami ni sabe lo que es Cuba. Cuando miembros de esa izquierda europea van a Cuba, los llevan para acá y para allá los militares. Para conocer Cuba hay que ir a la Cuba de a pie. Y en esa Cuba, yo lo he visto una y mil veces, la inmensa mayoría sufre. No puedes ir con la élite ni con la nomenclatura política y civil, ni con los escritores del régimen, porque esos te van a decir siempre que viven en el mejor de los mundos posibles. Pues los europeos tampoco saben lo que es Miami. Es posible que en Miami haya exiliados de ideología muy primaria que quieren es pasar a degüello a toda la isla de un día para otro. Pero las tres cuartas partes de los exiliados tiene hermanos, hijos, sobrinos, madres y padres en Cuba. Esta izquierda deshonesta europea es tan reaccionaria…

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Su novela transmite un clima de parálisis social en la Habana, transmite el miedo y la desinformación.

Cuba es un estado policial. Cualquiera de los intelectuales europeos que haya ido habrá visto cómo la gente mira a los lados antes de hacer una declaración que pueda meterles en un lío, porque las paredes escuchan. Walter Cepeda ha sido un seguroso y yo lo utilizo para contar en primera persona cómo ha estado funcionando este terror, prolongado y tenaz. A los cubanos les salva el cubaneo, es decir, el cachondeo. El humor y la música.

La Revolución, como criatura viva, ¿tiene sentido del humor?

La Revolución no tiene sentido del humor, tiene sentido de la muerte. La única Revolución que tiene sentido del humor es la industrial. En ésa es en la que yo creo. La cubana no tiene humor sino para sus adversarios. Son como los jesuitas: no te puedes reír de ellos.

Sobre la visita del Papa Juan Pablo II a la Habana y la visita de Manuel Vázquez Montalbán a Cuba hay capítulos muy interesantes en su novela. Walter dice que la visita papal es un punto clave en la decadencia de la Revolución. Otro, será el asesinato de Ochoa y de la Guardia.

Fue un ajusticiamiento criminal de esos que tanto les gustan al castrismo y al guevarismo. El padre de la Patria condenó a muerte a un general que era más laureado que él y a un coronel que era el amo del dinero en Cuba, el amo del departamento de Moneda Convertible. Estos dos ajusticiamientos fueron un trauma para muchos revolucionarios. Ahí se dieron cuenta del miedo que tenía Fidel a ser desplazado. Y si Fidel tiene miedo, ¿cómo confiar en él? Para Walter Cepeda es el punto de ruptura en su ortodoxia.

Quiero preguntarle por los gudaris, los etarras escondidos en Cuba a salvo de la justicia.

Esto es verdad y todo el mundo lo sabe en Cuba. Allí viven etarras y todos tienen un cargo y un rango militar. Yo mismo me encontré con uno en una playa solitaria, cerca del Rincón Francés. Se acercó un tipo en una playa desierta y se sentó conmigo, pidió un cigarrillo y fuego y preguntó: ¿tú eres español? Dije que sí y él respondió: yo soy vasco. Aquí lo tenemos, me dije, aquí tenemos a uno de los famosos gudaris. Se les ve tomando copas en la Habana. ETA no ha estado nunca al margen de Cuba, pero a Cuba se le han perdonado muchas cosas.

Yendo a la parte más literaria de la novela, es interesante la postura de Walter Cepeda, antiguo ortodoxo, antiguo hombre de confianza del mismísimo Raúl Castro que, una vez jubilado, intenta mantener una postura en la que ya no cree lo suficiente.

Estuvieron diciendo durante mucho tiempo que había que resistir porque el mundo que iba a alumbrar la Revolución sería un feliz, donde todos comerían bien… Eso después de tantos años no se ha cumplido. Y de hecho su hija se harta y se va. Ocurre a muchos altos cargos de la Revolución cubana. Sus hijos se han ido del país. En Miami hay un montón de hijos de ministros y de gerifaltes de la nomenclatura cubana que no quieren saber nada de aquello. Walter es la ósmosis y al mismo tiempo el epítome de lo que puede haber sido un ortodoxo de los duros y de toda confianza del sistema en los primeros años y al final, cuando tiene ochenta años, hace un acto de reflexión y descubre que le hubiera gustado vivir otras vidas.

Debajo del drama oficial, que es el de la Revolución de la pequeña isla contra el imperialismo, da la sensación de que hay otro drama extraoficial: el de los propios revolucionarios desengañados, con la familia y la psicología rota.

Y con las ideas rotas. Era el experimento que iba a crear un hombre nuevo con una mentalidad distinta a la que creaba el sistema burgués, y ha fallado. Yo no es que no se haya producido, como dicen todavía los revolucionarios, incluso entre risas, por el famoso bloqueo, que es falso también.

¿Falso el bloqueo?

Sí, el bloqueo tiene más agujeros que un colador. Yo no sé cómo Obama no levanta ya esa bobería del bloqueo, porque ha servido de coartada política y moral para que el castrismo haga los disparates y los horrores que ha hecho en la isla. Volviendo a lo que decías: mi idea no fue escribir una novela política, sino describir la tragicomedia terrible de un coronel de la seguridad del estado que tuvo poderío, rango y jerarquía, y que ha sido respetado precisamente por eso, cuando ya no sirve a la causa. Bien: un personaje así es una metáfora de la misma Revolución.

Usted usa la ironía en la forma en que Walter Cepeda describe sus encuentros con Ernesto Che Guevara, porque Walter describe a un hombre enfermo de asma y de psicosis, con arrebatos de crueldad y de agresividad, pero nos dice que habla sobre un héroe.

Han hablado tanto y se ha hecho tanta mitología de Ernesto Guevara… Lo que yo cuento en la novela sobre Mora, aquel comandante que se pega un tiro, es real. Ernesto lo cogió por la pechera y le dijo: ¿sientes estrés, sientes ansiedad? ¿Cuántas horas al día? Mora le responde que unas cuantas, y Ernesto dice: coño, yo eso lo tengo todo el día. El Che es un asesino asmático de primera magnitud. Hasta que esto no se vea así, vamos a seguir adorando a los santos laicos exactamente igual que los católicos adoran a los suyos.

Al Che lo han santificado cineastas españoles como los que Walter ve en los bares de Cuba, bebiendo ron y follando con putas.

Pues claro. Cuando el tipo entra en el Periquitón de redada, detiene a una cantidad demencial de personas del mundo del cine y de la música españoles. Es un episodio real. Te puedes imaginar quiénes son, porque visitaban mucho Cuba. A las prostitutas de dieciocho años les provocamos asco cuando vamos a Cuba así, pero somos los que llevamos los verdes. A eso se apega esa pobreza moral en la que ha caído el pueblo cubano. Hay que responsabilizar al mundo libre de cómo se ha comportado con el turismo de jineteras.

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Walter Cepeda insulta a Cabrera Infante y a los que se fueron al exilio. Sostiene que los exiliados, después de huir de Cuba, se apagan por dentro y se vuelven infelices. ¿Es el consuelo de los viejos revolucionarios?

Exactamente, Walter necesita pensar que cuando alguien se va de Cuba se deja el alma dentro y se convierte en un infeliz, en un enfermo. Pero la verdad es que él también sueña con haberse ido, con visitar a su hermano Domingo, que vive en Miami, y decirle: ¡coño, gusano, aquí estoy ya por fin! Te contaré una anécdota. Llego un día al hotel Wellington de Madrid a ver a Guillermo Cabrera Infante y le digo que no he podido evitar que venga a verlo César Leante, que se había exiliado dos días antes. Leante era temido como un policía, era un escritor del régimen. Cabrera me dijo: “yo no lo saludo. No quiero que venga.” Temiéndome una pelea entre ambos me acobardé. En ese momento entra César Leante por la puerta. Da un grito: “¡Guillermo!” ¿Y qué dice Guillermo? “¡César!” Se abrazan, se sientan, se ponen a hablar de Cuba y yo allí me convierto en un convidado de piedra. Y eso es lo que va a ocurrir cuando muera el régimen: reencuentros.

Antes de acabar quiero preguntarle cómo se encuentra en Alfaguara, donde usted publicó hace años y vuelve ahora que la ha comprado Random House Mondadori.

Alfaguara hace unos libros preciosos y tiene una gran proyección en América Latina, y hace visibles a los autores latinoamericanos en España. Es una vocación que nació desde el principio y que espero que se mantenga ahora y no se pierda. Yo estoy ahora exactamente donde debo estar. No me gustaría que perdiera la identidad panhispánica que tiene.

Nació en Águilas en 1985. Es escritor y periodista. Autor de las novelas Ajedrez para un detective novato (Premio Ateneo Joven de Sevilla de Novela 2013), Siberia (El olivo azul, Premio Tormenta al mejor autor revelación de 2012) y La conjetura de Perelman (Ediciones B, 2011); ha editado la antología Mi madre es un pez (Libros del Silencio, 2011; con Sergi Bellver), coordinó y participó en la antología de relatosSobre tierra plana (Gens ediciones, 2008). Su narrativa aparece en las antologías Bajo Treinta (Salto de página, 2013. Edición de Juan Gómez Bárcena) y Última Temporada (Lengua de trapo, 2013, edición de Alberto Olmos) entre otras. Lleva la sección fotográfica España is not Spain en El Confidencial y tiene una columna semanal en el mismo medio. Publica una entrevista mensual en Primera Línea, por la que han desfilado Vicente del Bosque, el Gran Wyoming, Julieta Venegas, Antonio Resines y otras celebridades. Ha participado en Estado Mental, Yorokobu, Vice, Ling, Madriz, El Confidencial, Primera Línea, Revista Tiempo… 

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1946, es licenciado en Filología y Literatura Clásicas por la Universidad Complutense de Madrid, ciudad en la que reside desde 1978. Sus primeras novelas fueron El camaleón sobre la alfombra (1974; Premio Benito Pérez Galdós 1975), Estado de coma (1976) y Calima (1978), a las que siguieron Las naves quemadas (1982) y El árbol del bien y del mal (1985) —en las que creó el imaginario de Salbago—, Los dioses de sí mismos (Premio Internacional de novela Plaza & Janés 1989; Alfaguara, 1996), Madrid, Distrito Federal (1994; Alfaguara, 1999), Los años que fuimos Marilyn (1995), Cuando éramos los mejores (1997), Así en La Habana como en el cielo (Alfaguara, 1998), El Niño de Luto y el cocinero del Papa (Alfaguara, 2001), La Orden del Tigre (Alfaguara, 2003), Casi todas las mujeres (2004, Premio Internacional de Novela Ciudad de Torrevieja), Al sur de la resurrección (2006) y La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2012). Colabora habitualmente en prensa, radio y televisión. En 1998 obtuvo el Premio González-Ruano de Periodismo y, desde ese mismo año, está en posesión de la Orden de Miranda. En la actualidad, es director de la Cátedra Vargas Llosa.

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