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Sobre D. Jesús y mis años en Alfaguara

Sobre D. Jesús y mis años en Alfaguara

Por Recaredo Veredas

Lo que más me gustaba de Alfaguara eran sus fiestas de Navidad. Corrían aún los tiempos dorados y las empresas celebraban tan sagrados días con salvajes ágapes, donde los empleados dejaban fluir pasiones ocultas durante el año tras las pantallas de los ordenadores. A aquellas fiestas también acudíamos los externos del entonces fulgurante Grupo Santillana y, todos juntos, bebíamos como si no hubiera un mañana. Los consejeros y los mozos de almacén, los gerentes y las recepcionistas, bailaban la conga con sana ebriedad. Nos honraba con su asistencia el entonces ya provecto, pero aún lúcido, Jesús de Polanco. Una vez, no sé si corriendo tras un canapé o tras una becaria, le di un empujón. Durante toda la noche me estuve comiendo la cabeza por tamaña tropelía. Siempre respeté reverencialmente a D. Jesús. Era, como Lara, un editor con dos cojones. Admiro a Herralde, Moura y Tusquets pero, pese a vencer en perspicacia literaria, les falta la épica de los editores testosterónicos.  Hombres que alzaron imperios de la nada, yendo de banco en banco a descontar letras de cambio, arriesgándolo todo en cada jugada, peleando de la mañana a la noche por la grandeza de su negocio. No querían ser indies ni mainstream. Lo querían todo. En España han faltado magnates. Ellos tal vez no consiguieron un triunfo americano, pero al menos lo intentaron. El resultado del trabajo de D. Jesús se materializó en varios pilares. El de mayor proyección era El País, que fue uno de los mejores periódicos de Europa. Pero Alfaguara no iba a la zaga. Durante un par de décadas consiguió una mezcla de calidad y comercialidad no lograda por ninguna otra editorial española.

Alfaguara fue fundada en 1964 por un hombre de cien caras, capaz, además, de mostrarlas todas al mismo tiempo. Podía ser censor y proteger a los censurados, ganar el Nobel y tirarse pedos en público: el inimitable Camilo José Cela. Entre sus muchos directores editoriales destaca Jaime Salinas que, bajo el diseño creado por Enric Satué (esa L gris sobre fondo azul), publicó la mejor literatura del mundo. Fue comprada por D. Jesús en 1980 y resultó fundamental en el crecimiento y expansión de la nueva narrativa española (Muñoz Molina  y compañía). Una nueva narrativa que, apoyada por el suplemento literario de El País y el fervor político, persuadió a un número de lectores inaudito, que la literatura española actual no ha sabido ni podido conservar. No fue Salinas su único director editorial brillante, también ocuparon su puesto intelectuales tan solventes como José María Guelbenzu o Luis Suñén.

El miedo del portero al penalty

En Alfaguara leí cientos y cientos de manuscritos. Aprendí lo que era una novela buena, una novela mala y una novela nefasta. Muchos críticos literarios nunca han leído una novela nefasta, una simple acumulación de frases mal escritas, tiradas sobre el papel sin orden ni concierto, con personajes planos que vuelan a su arbitrio durante demasiadas páginas. Leer tantas novelas indescriptibles me sirvió para fijar un canon razonable y valorar en su justa medida el trabajo de los novelistas decentes (porque incluso escribir una novela mala es difícil). Eran aquellos tiempos ingenuos: quería abandonar la abogacía y trabajar en el fascinante y glamuroso mundo de la edición. Estaba condicionado por la leyenda de la gauche divine y por el incipiente crecimiento de las editoriales independientes. Incluso hice un Máster de edición, en el que conocí a decenas de buenos amigos y no aprendí casi nada. Por fortuna nunca perdí del todo el rumbo y no abandoné el despacho, habría caído en las penurias de los externos (tarifas rácanas, cobradas tarde o nunca, y trabajos extenuantes), que tan bien describe Elvira Navarro en La trabajadora.

En aquella época Alfaguara ya había vivido sus años más gloriosos e iniciaba, junto a la literatura española, una suave decadencia. Muñoz Molina, Elvira Lindo y Millás huían a Seix Barral, Philip Roth a Mondadori. Un declive que no ha llegado a culminarse: aún mantienen a Marías, Pérez Reverte y Vargas Llosa. Todavía son capaces de aprovechar best sellers como Harry Quebert. Pero la editorial transmitía cierta desgana, cierta sensación de nostalgia. Cada año los lectores nos reuníamos con la jefa editorial, Amaya Elezcano, y le transmitíamos nuestras impresiones. Creo que no nos hacía ni caso, pero al menos nos sentíamos, ilusos, parte de un proyecto. Incluso un par de veces nos invitaron a comer. Cobrábamos unos 60 € por manuscrito. Es lo mismo que, más o menos, pagan ahora, otra prueba más de la prodigiosa precariedad de la sociedad española.

Pero volvamos a D. Jesús. La sucesora natural del prócer, su talentosa hija Isabel, murió víctima del cáncer. El resto de los herederos eran débiles o indolentes y la empresa terminó cayendo en manos de un gran periodista y gestor más que discutible: Juan Luis Cebrián. El lío del fútbol y el posterior caos financiero de Prisa es otra historia, demasiado compleja para narrarla aquí. Pero el resultado queda a la vista: la desnaturalización de El País y la venta de Alfaguara, Taurus (otra editorial portentosa) y el resto de Santillana Generales a ese titán inmenso llamado Penguin Random House. Espero que los compradores sepan apreciar el catálogo que adquieren: incluye cientos de obras maestras, muchas descatalogadas. Cuenta con Peter Handke y Henry Miller, con Saul Bellow  y Tobias Wolff. Lo siento por D. Jesús, que tal vez contemple el desguace de su magno trabajo desde el más allá, triste y rabioso.

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Sobre Recaredo Veredas:

Licenciado en Derecho. Máster en Edición. Reseñista en numerosos medios, como Quimera, ABC, The Objective, Política Exterior o Qué Leer. Profesor en la Escuela de Letras. Fundador, junto a otros, de Culturamas y creador de micro-revista. Autor de los libros de relatos Pendiente (Dilema Nuevos Narradores, 2004) y Actos imperdonables (Bartleby, 2013), del manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema, 2006), del ensayo No es para tanto (Silex, 2019), de los poemarios Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y Nadar en agua helada (Bartleby, 2019 y de la novela Deudas vencidas (Salto de página, 2014).

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