Sobre la influencia

Por Francisco Solano

Un buen lector es un caso anómalo. Pero aquí esa figura tiene nombre: Graciela Montalbán. Esta mujer, con quien mantengo vínculos cuidadosamente imaginarios, trabaja de secretaria en una Mutualidad (ignoro de qué gremio), y tiene a su cargo el departamento de documentación. Había leído recientemente el relato de Stefan Zweig, Mendel, el de los libros, y quería consultarme acerca de la posible influencia de este texto sobre el cuento de Borges Funes, el memorioso. En la voz de Graciela, al otro lado del teléfono, se apreciaba la luminosidad que se adhiere a la voz cuando se menciona una perplejidad que podría ser un hallazgo. Yo no recordaba bien el relato de Zweig, que había leído años atrás; en cambio sí retenía con nitidez el cuento de Borges, autor al que vuelvo con frecuencia, y de primeras me costaba precisar la consanguinidad entre los dos textos, a excepción de su tema capital: la prodigiosa memoria, tanto de Mendel como de Funes. Yo veía, en la memoria del «compadrito de Fray Bentos», una cualidad casi milagrosa, pero de orden patológico, y en la memoria del librero una suerte de exacerbación erudita. Y no conseguía vincular la literatura de Zweig y de Borges en un mismo tejido de relaciones. Amparándome más en la cautela que en el rigor, señalé a Graciela que si Borges (o algún estudioso de su obra) no había mencionado explícitamente el relato de Zweig, tal vez se forzaba la atribución.

Graciela, no obstante, insistía serenamente en que algunos aspectos fundamentaban su hipótesis. El relato de Zweig se publicó en 1929 y el cuento de Borges está firmado en 1942. La memoria de Mendel, decía Graciela, no sólo es prodigiosa, sino que se trata, ciertamente, de un atributo sobrehumano. El librero vive sólo para la bibliografía y su mente está excluida de la realidad; esa voluntaria reclusión en el universo de los libros, que concuerda con un encantador alelamiento (Mendel vive en Viena, pero no percibe que se ha desatado una guerra por toda Europa), lo precipitará a la cárcel y la humillación. El narrador declara su fascinación por la memoria de Mendel de un modo semejante a como se expresa el trasunto de Borges que ejerce de narrador en Funes, el memorioso. Algunas apreciaciones sobre la memoria son concomitantes. En el relato de Zweig se habla de «una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura»; en el cuento del argentino se dice que Funes era «el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso». De Mendel se refiere que «de cualquier obra que hubiera aparecido lo mismo hacía dos días que doscientos años antes conocía de un golpe el lugar de publicación, el editor, el precio, nuevo o de anticuario»; Funes, por su parte, «no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado».

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Las similitudes eran tan indudables y prometedoras que mis réplicas en defensa de la autonomía del cuento de Borges, expresadas con afán de controversia, no conseguían desbaratar la inequívoca vecindad en la que confluía. Graciela me invitó a volver a leer, con estas premisas, el relato de Zweig, y quedé en darle cuenta de las equivalencias, afinidades y mimetismos que pudiera encontrar.

Cada texto establece una sucesión de conexiones, pero si algunas alegan claramente su filiación, otras se pliegan a la ambigüedad o se confunden con el delirio. Al lector le corresponde instaurar una suerte de arbitraje donde la sensatez no esté reñida con las azarosas resonancias de lecturas anteriores. La prosa de Moby Dick, con su densidad metafísica, tiene ecos de la Biblia King James; pero no saberlo no inhabilita el vértigo del lector (y saberlo, en algún caso, deformaría su percepción). Onetti es inconcebible sin Faulkner, cuya influencia afecta tanto a la prosa del uruguayo que algún lector, tal vez importunado por su universo sombrío, rebaja su influencia a imitación. El autor de ¡Absalón, Absalón! es igualmente decisivo en la configuración mitológica de García Márquez, pero éste se desvía del norteamericano implantando en su prosa una seductora retórica de cascabeles. En ocasiones conocer la influencia es más un alarde de pedantería (y acaso, por ello mismo, una recriminación del gusto) que la confirmación benéfica de que no se lee a un autor, sino que se atraviesa un mapa de resonancias. Ireneo Funes le dice al narrador: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». ¿Sería desafortunado o insensato apreciar, en esa declaración, un eco del ‘Spleen’ de Baudelaire: «Tengo más recuerdos que si tuviera mil años»? Borges cita con profusión al autor de Las flores del mal (lo obliga el simbolismo y Edgar Allan Poe), pero nunca le dedicó un ensayo laudatorio; prefería Hugo a Baudelaire.

La nueva lectura de Mendel, el de los libros bajo los auspicios de Graciela (que también era una influencia) me provocó diversas reflexiones y un cúmulo de sugerencias, o emergencias del sentido, que no estoy seguro de saber reflejar con precisión. En la lectura anterior me había seducido de Mendel, más que su portentosa memoria, el trazado de su actitud, esa entrega obsesiva a una tarea que lo absorbía por completo, desdeñando cualquier incidencia externa que pudiera descentrarlo de su mundo; vestía con notable desaliño siempre el mismo abrigo, apenas comía, no se regía por ningún horario (el tiempo se había refugiado en las letras de los catálogos) y «no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor». El narrador, al evocar a Mendel, acuñaba un personaje de una época cuya remembranza lo predisponía (y también al lector) a lamentar la pérdida de una cualidad del espíritu ya arrasada por la historia. Una cualidad que converge en la palabra ‘noble’, en contraposición a ‘vil’, que es la índole de nuestro tiempo. De modo que veía en Mendel, además del magnífico retrato de un hombre noble, la figuración de un tiempo en que aún era posible anteponer el espíritu a las necesidades prácticas. Y es probable que, debido a esa peculiaridad, a medio camino entre la indigencia y lo sublime, yo no conectara su figura con Funes, tal vez porque en Borges hay caballos y mate, y en Zweig abochornadas mesas de café.

borges

Graciela, por el contrario, había atendido al tema genesíaco, la memoria, e indudablemente en mi nueva lectura advertí la pertinencia de su observación. Pero además vislumbré que si Borges no hubiera leído el relato de Zweig, eso no invalidaba realizar las oportunas conexiones. Cierto es que el tema del poseedor de una formidable memoria no es una revelación de Zweig; y, por otro lado, aunque con Funes, el memorioso Borges desborda el tema, en su obra la memoria es una especulación recurrente, a la vez maravillosa y problemática. El aleph, por ejemplo, ¿no provee al contemplador de una memoria prodigiosa?

Esa predisposición impuesta por Graciela me incitó a recorrer el relato de Zweig con una inquietud alarmante. No sólo leía lo que decía el texto, sino su probable emanación en la imaginación de Borges. Y, ciertamente, en la descripción de la memoria se podía apreciar, como he apuntado arriba, algunas factibles semejanzas. Pensé, no obstante, que las analogías serían inevitables, quiero decir que era previsible encontrar rasgos comunes en el tratamiento de una cuestión abstracta, del mismo modo que se hallan afinidades, en autores diferentes, por ejemplo, en la objetivación de los celos si se prescinde de la trama y la psicología del personaje. La cuestión estribaba, por tanto, en ver la manera de concretar la hipótesis de Graciela sin agraviar la sensatez de la lectura. Recordé que, en El jardín de los senderos que se bifurcan, en ese intercambio de sutiles proposiciones sobre el secreto del libro de Ts’ui Pên, el sinólogo Stephen Albert replica al espía Yu Tsun que el libro de su antepasado es una adivinanza. Y dice: «Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el mejor modo de indicarla». Intuí que acaso esa incrustación de mi memoria podía serme favorable. Y entonces postulé, apoyándome en ese presuntuoso procedimiento, que seguramente Borges había concebido a un ignorante muchacho de campo, a un perfecto iletrado, a un «compradito», para que las similitudes de su prodigiosa memoria con la de un erudito de la fulgurante Viena se esfumaran en la distancia y por oposición. ¿Qué mejor modo de indicar la influencia que negando cualquier similitud?

Todavía no he comunicado a Graciela Montalbán mi descubrimiento, al que he accedido por el favor de su perspicacia. Llevo años leyendo a Borges y resulta que una paciente lectora, que consume sus días en una Mutualidad, me ha proporcionado una turbación inesperada, que yo no hubiera alcanzado por mis propios medios. Tengo que encontrar, y no será fácil, la manera de agradecérselo.

(Posdata) Hoy he vuelto a leer Funes, el memorioso. Lo sorprendente de esta milésima lectura es no haber hallado ni rastro de la influencia del relato de Zweig. Pero Borges no se iba a arriesgar a ser descubierto por un lector que se deja arrebatar por las idílicas instigaciones de una secretaria.

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Sobre Francisco Solano:

Francisco Solano, escritor y crítico, es autor, entre otros títulos, de La noche mineral (Debate, 1995), Bajo las nubes de México (Alba, 2001), Rastros de nadie (Siruela, 2006), La trama de los desórdenes (Bruguera, 2007).

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2 Comentarios

  1. Carlos Janín
    06/06/2013 at 10:58 · Reply

    Claro, ¡así cualquiera! Con una ángel de la guarda prerrafaelista que, desde detrás del repaldo de tu sillón, alarga el índice para orientarte en tus lecturas, cualquier navegante por la letra impresa llegaría a buen puerto y descubriría nuevas Californias. Paco: no deberíamos leer la postdata para seguir avizorando horizontes brumosos.

    El del Avizor

  2. martha piccat
    15/06/2013 at 20:44 · Reply

    Ocurre que primero somos lectores y luego escritores. O simultáneos, previo colchón de conocimientos adquirido como lectores. Necio sería negar que toda obra leída deja una influencia, un ritmo, un recuerdo y otros, que adosados a la realidad del momento que los incorporamos, modificaron nuestra expresión y la manera de organizar un escrito. Y en los ritmos literarios de nuestra creación futura, inevitablemente se infiltrarán los que almacena el cerebro. Lo importante es saber que toda vez que nos disponemos a escribir, no haremos ninguna originalidad, sólo añadiremos retazos. con un sello propio que devendrá de haber sido lectores respetuosos y hasta penitentes.

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