Una puta lástima

Por Javier Calvo

Bajo treinta. Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena. Salto de Página. Madrid, 2013. 160 páginas, 11,90 €.

Última temporada. Selección y prólogo de Alberto Olmos. Lengua de Trapo. Madrid, 2013. 320 páginas, 19 €.

Se infravalora, en mi opinión, la importancia de las dos antologías de autores españoles emergentes aparecidas este otoño, Bajo treinta y Última temporada. Se trata de dos libros extremadamente importantes en el panorama editorial actual, y es muy elocuente que sean dos editoriales independientes y relativamente pequeñas quienes hayan asumido estos dos proyectos inevitablemente agermanados. De hecho, la independencia editorial es uno de los temas centrales de ambas, y más concretamente la independencia considerada como estrategia necesaria de supervivencia, continuidad y relevo generacional de la que es o debería ser la corriente más importante dentro de las letras españolas contemporáneas: la narrativa literaria, libre de géneros y agendas comerciales y comprometida con la innovación, la individualidad y la exploración de la contemporaneidad. El hecho de que ya no cumplan esta función las grandes editoriales literarias, representadas en nuestro país por los catálogos de editoriales como Seix Barral, Anagrama, Random House o Alfaguara, parece ser uno de los elementos centrales de las “ideología” de ambos proyectos.

Las dos antologías presentan una ideología o agenda muy pronunciadas, algo que las distingue de las muchas docenas de libros colectivos que se han ido publicando a lo largo de la última década. Muchos de estos libros, pese a alcanzar resultados literarios valiosos, volaban mucho más bajo en materia de discurso, ambición o análisis del presente. Repasando los últimos años, nos encontramos con diversas antologías que abordaban de forma más o menos tangencial la representación y el análisis de la narrativa española última. En el célebre caso del número monográfico de la revista Granta en español que llevaba por título Los mejores narradores jóvenes en español, el objetivo quedaba diluido al ofrecerse la muestra de autores españoles en el seno de un una tradición mucho mayor y más potente como es la latinoamericana, y aunque está claro que la selección de autores españoles estaba sobrerrepresentada en el libro (6 autores de los 22 de la antología eran españoles), la verdad es que el libro pintaba un panorama bastante pobre de la narrativa hecha en España. La explicación creo que se encuentra en el mecanismo de selección que empleó la antología, que era una criba entre relatos inéditos mandados por los agentes y editores de sus libros, en lugar de ser una selección basada en la trayectoria de los autores.

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Otros dos casos que dieron que hablar, y sobre los cuales ya escribí en su momento, son las antologías Mutantes, compilada por Juan Francisco Ferré, y Siglo XXI del crítico Fernando Valls, que padecen en cierta medida del síndrome de los proyectos literarios enfrentados, siendo la primera la antología “oficial” de la ya efímera generación Nocilla o afterpop, con su ideario fuertemente apoyado en la teoría literaria y la reivindicación de los nuevos medios y la tecnología, y la segunda una especie de compendio de la reacción de un realismo más tradicional.

Tanto Bajo treinta como Última temporada emplean el recurso algo pedestre pero efectivo de acotar un periodo arbitrario de nacimiento de los autores seleccionados. La primera reúne autores nacidos después de 1983 y la segunda autores nacidos después de 1980. No hay, por tanto, un programa ni una dirección estética trazada por los antólogos, sino la tarea, igualmente difícil, de trabajar cribando todo el material publicado por esta hornada última de autores, sacrificando inevitablemente, por supuesto, a todos los autores emergentes de los últimos años que han publicado sus primeras obras a una edad menos temprana. Se pueden encontrar, ciertamente, ideas comunes en los prólogos de ambas obras, que es donde se exponen detalladamente sus intenciones y conclusiones. Esto, unido al hecho de que las antologías se han publicado de forma simultánea, hace que esas coincidencias resuenen con más fuerza.

Todo esto no quiere decir que los prólogos se parezcan demasiado, ni a nivel de contenido ni de resultados. El prólogo de Juan Gómez Bárcena para Bajo treinta se ve obligado a reponerse de una reflexión inicial bastante desafortunada, según la cual “más que nunca el término ‘joven’ aparece en nuestro país rodeado de sospecha. Porque ya hace mucho tiempo que las nuevas generaciones no son capaces de generar literatura de calidad; o al menos ése es el discurso que viene repitiéndose desde ciertos sectores”. La creación de un enemigo ficticio puede ser efectiva como recurso retórico, pero es inevitable que le reste credibilidad al discurso. Hay una imprecisión deliberada en ese primer párrafo: ¿quiénes son las “nuevas generaciones”? ¿Cuáles son esos “ciertos sectores” adversos a la juventud? Por otro lado, y poniendo en juego cierta memoria histórica, la aversión a la narrativa “joven” ha vivido periodos mucho más acentuados en nuestro país, por ejemplo los años 90 posteriores a la aparición de Ray Loriga y José Ángel Mañas, en los cuales la juventud no solamente era anatema para la crítica, sino que la infrarrepresentación editorial de los autores menores de 35 años era infinitamente mayor que la que encontramos hoy en día. Ninguna antología titulada “Bajo treinta” se habría podido confeccionar en la España anterior, digamos, a 2003, cuando la eclosión de las pequeñas editoriales y microeditoriales confirió por primera vez al colectivo de los escritores realmente jóvenes un espacio en las estanterías de las librerías.

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Dejando atrás esta cultura de la sospecha, en mi opinión desencaminada, Gómez Bárcena postula que “los grandes sellos han ido perdiendo gradualmente interés en apostar por jóvenes talentos”, de manera que “son las pequeñas editoriales independientes, por lo general aparecidas en las dos últimas décadas, las que han recogido el testigo de publicar narrativa española joven de calidad”. Concluye el prologuista que en este “escenario relativamente hostil (…) ya no es tan fácil visibilizar las emergencias literarias”. La reflexión tiene validez, en mi opinión, en la medida en que sitúa en manos de la escena independiente una tarea crucial, que es la apuesta económica y editorial por los autores inéditos, es decir, lo que sería la criba inicial de la que saldrán las trayectorias literarias a consolidar posteriormente por las grandes editoriales. Esto es innegable. Casi cualquier narrador relevante aparecido en el siglo presente ha empezado publicando en editoriales pequeñas. Yo mismo, por usar un ejemplo que conozco, soy de los últimos autores que iniciaron su carrera en el momento editorial inmediatamente anterior al panorama actual. Publiqué mi primer libro en Literatura Mondadori en 2001. Después de mí, prácticamente ya no aparecería ningún autor en esa editorial que no hubiera publicado antes una obra o dos en una “indie”.

A Gómez Bárcena, creo, le falta señalar dos cosas en su reflexión. La primera es que la “hostilidad” de las grandes editoriales se debe obviamente al hecho de que trabajan bajo unas restricciones económicas mucho mayores, donde los departamentos literarios no pueden contratar a autores sin la aprobación de otros departamentos que requieren cierto rendimiento económico. Eso obviamente no pasa en una editorial pequeña, donde un libro puede vender 800 ejemplares y haber funcionado bien. La segunda cosa que Gómez Bárcena no menciona es que, de la misma manera en que la captación inicial de autores la llevan a cabo las pequeñas editoriales, también se ha normalizado el proceso por el cual después de una obra o dos en una pequeña editorial, todo autor que haya tenido una mínima repercusión a nivel de crítica o de ventas da el salto a una grande. En cualquier caso, las biografías de los autores antologados en estos dos libros nos dan el siguiente dato: de los 26 autores, solamente cuatro han publicado en grandes grupos editoriales: Laura Fernández en Seix Barral, Cristina Morales en Caballo de Troya, Jenn Díaz en Lumen y Daniel Gascón en Mondadori.

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Mucho más valiente, y acertado, me parece el prólogo de Alberto Olmos para su antología Última temporada. Su radiografía en términos profesionales y económicos de la degradación del escritor español en los últimos treinta años no solamente me parece brillante, sino también la única lectura generacional interesante que me he encontrado nunca de la literatura española de  mi tiempo. “La generación de [los nacidos en] los 80 quizá sea verdaderamente peculiar en lo que a la literatura española se refiere por motivos tan particulares como poco halagüeños (…), pues resulta dudoso que [esos autores] vayan a ser recibidos por sus coetáneos con los parabienes y el respeto que hasta ahora merecieron los practicantes del oficio de las letras”.

El hecho de que es muy probable que esos autores nacidos en los 80 se vayan a comer los mocos (hablando en plata) en lugar de recibir la consagración social, profesional y económica que el novelista recibía en otros tiempos es el fruto, tal como señala Olmos, de una degradación que empezó mucho tiempo atrás. El famoso tapón impuesto por la generación de los artífices de nuestra Transición se cargó literalmente a la generación de escritores españoles nacidos en los años 60, que, “de forma dramática, [fue] víctima de ese inmovilismo de la generación anterior en puestos de relevancia social”. La generación siguiente, la de nacidos en los años 70, sufrió (y sufre) en sus carnes una vuelta de tuerca de ese mismo proceso de marginalización, y ya “incluso se ha acostumbrado a escribir sin compensación económica, no sólo en sus blogs personales o en revistas online, sino en los propios medios tradicionales en papel”. En cuanto a la generación de los 80, la que representa la antología de Olmos, su incapacidad endémica para profesionalizar o rentabilizar su escritura los ha empujado, por un lado, al usufructo de becas (y dice Olmos: “una generación cuya herencia modal son las becas y esos ‘padrinos’ que se exigen para conseguirlas no podrá irrumpir nunca en la escena cultural, pues los años previos a su estreno como escritores han constituido una suerte de amaestramiento, de doma, de aclimatación a la normativa literaria dominante”). Por el otro lado, su coyuntura los ha empujado a la autopromoción forzosa, ya sea mediante el “dejarse ver por los saraos y las presentaciones y establecer contacto directo con los escritores consolidados y los editores” o bien mediante las redes sociales, “donde una gran mayoría de escritores inéditos establecen no sólo una red de contactos sino también una eventual masa de lectores”.

Una vez asentadas la precariedad y la independencia como las coordenadas por las que se mueve, al menos de momento, la última generación de escritores españoles, los antólogos proceden a analizar el material compilado. Gómez Bárcena presenta cinco conclusiones a su análisis de los autores que integran Bajo treinta: (1) la “obsesión con el tema de las relaciones familiares”; (2) el “discreto papel de las crisis y de sus efectos” en sus obras, aunque comenta que la hipertrofia de lo familiar también podría ser resultado de la “desconfianza por el espacio público y sus instituciones” que ha generado esa misma crisis; (3) poco respeto por “las fronteras clásicas de los géneros”; (4) voluntad “de incorporar de forma fresca y desprejuiciada elementos propios de su cultura no estrictamente literaria”; y (5) “cierta pérdida de peso de la tradición norteamericana”, aunque aquí el antólogo parece estar refiriéndose a la tradición del minimalismo o realismo sucio de los años 80. Por su parte, Olmos, mucho más racional y aristotélico, se limita a dividir su antología en tres secciones, dedicadas respectivamente a (1) relatos de asuntos marginales; (2) relatos que tratan conflictos de pareja y familiares; y (3) “cuentos largos de marcado componente político o de exploración de universos pop, cuando no de ambas cosas al mismo tiempo”.

Obviamente, la misma fragmentación del mercado editorial y la proliferación de microeditoriales siguiendo una lógica completamente descentralizada, donde Madrid y Barcelona ya no son necesariamente los centros de la actividad editorial independiente, hace que la tarea de los antólogos aquí tratados sea prácticamente titánica. Lo primero que llama la atención es la coincidencia de un gran número de nombres en ambas antologías: en sendas colecciones de catorce y veinte relatos respectivamente coinciden ocho autores. Puede parecer que ocho nombres no son muchos, pero a mí me parece que sí, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que se trata de autores con muy poca obra publicada. La coincidencia parece apuntar al hecho de que la generación de autores retratada ya está en realidad bastante perfilada y en ella ya destacan varios nombres. Por otro lado, ya se ven representadas las diferentes posiciones en el espectro que va de la vocación mayoritaria o mainstream (Víctor Balcells, Jenn Díaz, Paula Cifuentes) a los autores más raros o excéntricos (Matías Candeira, Julio Fuertes o Aixa de la Cruz).

Como personalmente la temática de los relatos no es un criterio que me sirva demasiado para organizar la multitud de textos de estas dos antologías, yo haré una tipología distinta en base a cuatro categorías más generales. Hay, por un lado, una serie de autores y textos que trabajan en el registro satírico. En este grupo destacan relatos como “Ojalá nos cogerían” de Jimena Sabadú, una maravillosa sátira de la cultura de extrarradio, con sus discotecas, sus adolescentes deslenguados y su precariedad vital, ayudada por un oído fantástico para la jerga y el diálogo, casi como si Irvine Welsh fuera de la periferia de Madrid. Otro texto fabuloso es “¡Olé los tanques!” de Juan Soto Ivars, un relato hilarante sobre la incapacidad para emborracharse en un pueblo perdido de Galicia durante la noche del 23-F, poblado de viejos comunistas, borrachos impenitentes y franquistas saliendo del armario, que consigue con facilidad erigirse en microcosmos de España. También en la vena satírica está “Se busca insecto palo” de Miqui Otero, relato divertidísimo sobre un chico de pueblo que aterriza en la Barcelona más hipster y trata de adaptarse mientras lo persiguen unos skinheads, bendecido con la misma verbosidad y el talento picaresco de las novelas de Otero.

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La segunda categoría es lo que se podría llamar relatos de lo extraño, marcados por la irrupción en la realidad de lo fantástico, lo macabro o lo surreal. Se trata de una categoría por la que siento cierta afinidad, y que además creo que ha experimentado un resurgimiento en la narrativa española de los últimos años. Aquí hay que mencionar, en primer lugar, a la maravillosa Aixa de la Cruz, a quien descubrí con su alucinante relato de vampiros del libro “Mi madre es un pez”, y que está aquí representada por partida doble, con “Romperse”, un texto macabro sobre los estertores sangrantes de un vigoréxico que se lee, en sentido inverso, como afloramiento también sangrante de sus traumas de infancia, y “Abu Ghraib”, un fantástico relato sobre torturas protagonizado por una cantante de rock asesina. El imaginario de Aixa de la Cruz es siempre oscuro y sorprendente, y resalta maravillosamente en el seno de ambos libros. Otro autor doblemente representado es Matías Candeira, con el potente relato “En la antesala” perteneciente a su último libro de relatos y el inédito “Zoopatías”, dos textos que se apuntalan mutuamente como estupendas muestras de su estilo igualmente oscuro, especie de versión siniestramente freudiana del gótico, con tendencia creciente a lo abstracto y al relato largo articulado en secciones. También son excelentes los textos “N” de Roberto de Paz, un relato sobre un culto de adoradores de Thomas Pynchon que tiene bastante de Philip K. Dick y viene envuelto en una sutilísima atmósfera inquietante, y “Cafeteras de otro mundo Vanderbilt” de Laura Fernández, perteneciente a su serie de relatos del planeta Rethrick, donde la space-opera se fusiona con otros géneros en ese cóctel imposible al que nos tiene acostumbrados la autora. Igual de divertido es “Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo” de Julio Fuertes Tarín, un relato sobre monos toxicómanos y tensiones eróticas en un circo, de estilo frenético y humor rozando lo macabro, otro descubrimiento.

Yo le adjudicaría una categoría para ella sola a la autora granadina Cristina Morales, que aparece representada en ambas antologías con un capítulo de su novela Los combatientes y con el inédito “Fatoumata Turai y veinticinco hijos de puta”, dos textos centrados en la política y las identidades de género que la califican como una autora importante, atrevida y muy espinosa, además de absolutamente virtuosa con los cambios de registro, el collage y la parodia. Una gran sorpresa, para mí al menos, que no conocía su obra.

La última de mis cuatro categorías, última pero en absoluto infrarrepresentada en las antologías, serían los relatos realistas. Aquí quiero destacar los textos de Aloma Rodríguez, “Delfines” y “Agosto, Teruel”, que tienen la familia y el pasado familiar como escenario y que me han sorprendido mucho por su brillante voz, donde se mezclan con maestría la nostalgia con el humor y el descaro. También “Todos bien” de Daniel Gascón, relato increíblemente minucioso y detallista, sobre un guionista de televisión y las tensiones entre vida pública y privada, entre representación mediática y realidad, y entre la estabilidad del orden (familiar) y los elementos del exterior que la hacen tambalearse.

Me parece ocioso intentar, a partir de los textos recogidos en ambas antologías, definir las líneas que caracterizan a esta nueva generación de narradores, y no precisamente por pereza. Para empezar no creo que exista realmente una generación literaria de narradores españoles de los 80, ni de los 70 ni de los 60, más que en los términos de precariedad que describe Alberto Olmos. Al contrario, estas tres “generaciones” trabajan en un mismo plano, o mejor dicho, en una multiplicidad de planos, muchos de ellos no susceptibles de comparación, y a partir de idiosincrasias complejas. Casi todos, además, están muy permeados por la tradición latinoamericana y la anglosajona, que son las dos principales tradiciones foráneas que más nos influyen a los escritores españoles de la democracia. Es cierto que los géneros populares, las nuevas tecnologías o la cultura audiovisual están presentes en las obras de estos autores, pero sería absurdo fingir que esas influencias no llevan ya décadas entre nosotros. Ya estaban ahí antes de que yo empezara a escribir. Tras leer “Última temporada” y “Bajo treinta” no me parece que exista una escena distinta de narradores de los 80. No veo escuelas ni lenguajes que no existieran ya. El sentido de estos dos libros –que, repito, me parecen tremendamente importantes– es, como dice Alberto Olmos en su prólogo, plasmar una serie de expectativas. Llamar la atención sobre esas expectativas y también sobre el horizonte de continuidad y supervivencia de nuestra narrativa. Y esa llamada de atención es lo que me conmueve. Es casi un grito de protesta: una exhortación a que reconozcamos que estos autores están aquí y necesitan nuestra atención.

Por este esfuerzo, y por los resultados encomiables, solamente puedo dar las gracias, como lector, a los editores y antólogos de estas dos antologías. Tras leerlas, me quedan pocas dudas de que esta nueva hornada de narradores de los 80 puede llegar bastante más lejos que las inmediatamente anteriores. La mayoría de narradores nacidos en los 60 y 70 hemos sido bastante tardíos y poco prolíficos en comparación con los autores de estas dos antologías (en este sentido, ellos también se han beneficiado de la eclosión de la edición independiente). Es cierto que a algunos de los antologados les falta un poco de rodaje y es probable que mejoren con los años y los libros, pero tendríais que ver cómo escribía yo con 25 años.

Estoy de acuerdo con Gómez Bárcena y Olmos en que estos autores no obtendrán el reconocimiento y la posición de generaciones anteriores, o por lo menos les costará muchísimo más. Seguramente no podrán vivir de opinar en tribunas mediáticas, no recibirán adelantos suculentos y además tendrán que lidiar con un mercado literario completamente diezmado por la crisis y el descenso de las ventas. Se verán obligados a seguir promocionándose a sí mismos en las redes sociales, algo que los escritores mayores no conseguimos acostumbrarnos a hacer. Y en fin, qué puedo decir, es una puta lástima, seguro. Pero lo importante es que ya están aquí, y han llegado para quedarse, y los aficionados a la narrativa, da igual cuántos seamos, los podemos leer. En última instancia, eso es lo que importa. Tanto “Última temporada” como “Menos treinta” son un acicate para leerlos, y conmigo al menos han cumplido perfectamente su función

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Sobre Javier Calvo:

Javier Calvo es uno de los mejores narradores y traductores de la literatura independiente escrita en español. Ha sido a su vez traducido a distintos idiomas, como el italiano, el alemán o el inglés. Su última novela, El jardín colgante, ganó el Premio Biblioteca Breve convocado por Seix Barral. También ha escrito, entre otras, Corona de flores, Los ríos perdidos de Londres o Mundo Maravilloso.

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3 Comentarios

  1. 24/12/2013 at 14:31 · Reply

    Dices: “Se trata de dos libros extremadamente importantes en el panorama editorial actual”. ¿Podrías argumentar seriamente por qué? Creo que lo único que has hecho es escribir frases de contraportada para vender los relatos que te gustan.

    Dices: “Es casi un grito de protesta: una exhortación a que reconozcamos que estos autores están aquí y necesitan nuestra atención”. ¿Necesitan nuestra atención? Se ve que el artículo es más un ejercicio de caridad que una defensa de la literatura. Queda claro, lo importante es que existan autores y que los lectores se arrodillen para mirar sus ombligos aunque estos sean poco profundos, si la calidad literaria es ínfima no pasa nada.

    Te pregunto, honestamente, ¿hay alguna complejidad o algún discurso trascendental en algún relato? Personalmente, he leído algunas novelas de esos autores y ninguna brilla. Si no hay un discurso relevante o un buen hacer literario en toda una novela, ¿vamos a encontrar algo en un relato?

  2. lorna
    10/01/2014 at 12:19 · Reply

    Parece que Calvo confunde hacer literatura con vivir de la escritura. Sus razones, tanto para aplaudir un prólogo, como para diagnosticar el “bienestar” de la narrativa española, son muy superficiales.

  3. 22/01/2014 at 15:51 · Reply

    Yo he leido estos libros, y bueno, pasas un buen rato, pero estoy convencida que dentro de un par de años ni los recordare… valorar lo nuestro si, buscar genios de la literatura española, simplemenete por ser españoles, no lo veo.

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